septiembre 2025 / Ensayos

La expresión creativa de Laura Méndez de Cuenca

La poesía de Laura Méndez de Cuenca (Hacienda de Tamariz, Ayapango, Estado de México, 1853 – Ciudad de México, 1928) tuvo una factura clásica: nunca abandonó los dictados de la tradición; se trata de una poesía ecléctica, por cuanto a su búsqueda formal y su visión del mundo y, en lo tocante al contenido, puede catalogarse como una poesía romántica, con predominio de los aspectos vivenciales, mezclada en muchas ocasiones con los principios éticos de rigurosa observancia personal y compromiso colectivo, verdaderos rasgos distintivos entre los escritores del país y de su tiempo. Como toda voz romántica, esta manera de poetizar dio tributo a una técnica y ofrendó pulsiones al discurso lírico, y después, a partir de los poemas escritos y publicados en 1884, mostró casi siempre una preocupación por la mujer y el hombre en el contexto de la sociedad. Esta producción poética demuestra una evolución del estilo romántico al modernista, aun sin alterar su posición ideológica; en este tránsito de consolidación estilística tuvo como principales modelos a los poetas franceses de la mitad del siglo XIX o de quienes dieron voz e identidad a las clases subalternas.1

Su compromiso con el prójimo fue parte esencial de su misión poética. Con estos principios éticos y estéticos compuso sus poemas más significativos. Su expresión poética ha quedado exenta de los dictados del arte por el arte, ajena a las florituras y fuera del enmarañamiento verbal del decadentismo. Su lenguaje fue preciso, elegante, eficaz, comunicativo y de gran riqueza plástica. Con estos recursos consolidó su modo personal de poetizar, fundado en los principios del respeto por el otro y en la igualdad. Esta peculiaridad y sus facultades artísticas representaron en su momento uno de esos “varios ‘modernismos’” —según Iván A. Schulman, con base en las hipótesis de Octavio Paz— y localizados temporalmente durante “la primera etapa de un arco de desarrollo cultural que abarca el fin del siglo XIX y los primeros decenios del XX”.2

Su expresión poética también puso de manifiesto el compromiso con su sexualidad, su vida y su momento histórico. Nunca mostró debilidad ante los fracasos de la vida o antepuso la abnegación; prefirió la rebeldía como respuesta frente al dolor, la enfermedad, el luto, la soledad o la discriminación. Su poesía tuvo un perfil material y expansivo, y de ese mismo modo fue su fe; este materialismo se manifestó desprendido de toda potencia fuera de lo humano. Su voz nunca se refugió en los gritos de inconformidad; esta voz y su proceder la modelaron de cuerpo entero. Tuvo una expresión poética sensible, valiente y llana.

Su poesía estuvo selectivamente impregnada de discreto erotismo, tan contenido como contrastante (véase a este propósito el comentario al texto “Ayer. [Fragmento de un poema]”, en donde puede observarse este rasgo estilístico, tan significativo de su poesía como poco utilizado por la escritora);3 y, por otra parte, estuvo distanciada de misticismos y fervores religiosos. Las ocasiones cuando tocó el tema de Dios lo hizo —en la práctica del discurso literario—, con tonos convencionales, sin demostrar devoción o amaneramiento, al contrario de como lo habían tratado en sus obras los poetas anteriores a su tiempo: José Joaquín Pesado, José María Roa Bárcena, Joaquín Arcadio Pagaza e Ignacio Montes de Oca y Obregón, o los posteriores al suyo: Amado Nervo, Enrique González Martínez, Rafael López, Alfonso Gutiérrez Hermosillo o Francisco González Guerrero. La escritora tuvo, según lo declaró, “una fe ciega en algo mejor que esta triste vida”.4

En su poema “Cineraria”, publicado cuando tenía 20 años de edad, además de pedir “asilo bienhechor” ante la orfandad y el abandono, solicitó mantener el apego a la esperanza (tómese en cuenta la experiencia personal vivida: el rompimiento con Manuel Acuña, su embarazo transcurrido en solitario, la muerte de su amigo Clemente Cantarell, el suicidio de Acuña, la muerte de su primogénito Manuel Guillermo y el abandono de su madre, hechos ocurridos en el breve lapso de un año, poco más o menos). Fue la primera de muchas peticiones de esperanza; en el poema, la autora cobró conciencia de otras motivaciones similares, las cuales reaparecerán en más de una ocasión: cuando la dicha era “una sombra”, la ilusión una “mentira”, o cuando lo único real era “el dolor”. A pesar del sufrimiento, sentido y experimentado con valentía, abrigaba aún la esperanza de un futuro luminoso como “un rayo de sol” con su guía iluminadora, orientadora y proveedora de consuelo.5

En el poema titulado precisamente “Esperanza” anotó la perdurabilidad de su ser creyente. Luego del reclamo a su amante por el definitivo abandono al haberse dado muerte, le espetó esta declaración de amor: “¿Adónde estás, mi bien, que no iluminas/ la noche de dolor en que me pierdo?” Más allá de su rabia, la escritora inventó la fantástica presencia del ausente y su pérdida en el infinito espacio de una “cárcel estrecha”. Después imprecó: “Vivir sin ti —¡qué soledad, Dios mío!—,/ y sin que el alma a su dolor sucumba”. Pero a pesar de toda esta situación desesperante buscaba la calma y el “dulce bienestar”. Y, para conseguirlo, imploró: “quien siempre en su desgracia fue creyente,/ allí donde tú estás, espera mi alma”.6

Una de las tesis a lo humano y con la participación a lo divino era en la vida la presencia del amor, considerado como “un misterio”, en donde la acción de amar provocaba la generación de la “fantasía”. Este universo creado con artificio fue otro de sus rasgos líricos. Dijo en el poema “¡Oh, corazón!”: “Amas al mundo y sueñas con el cielo./ Tremenda lucha en que tu ser exhalas”. Y más adelante planteó:

Penumbra o claridad, verdad o mito,
vives, palpitas, gozas y padeces;
por el amor, confiesas lo infinito,
y aceptas el infierno, si aborreces.

¡Qué batallar con la pasión a solas!
¡Qué fiera lid, a solas, con la idea!
¡Qué dejar, en el ara en que te inmolas,
carne que abrasa, sangre que caldea!

¡Qué vida tan inquieta la del mundo!
¡Qué promesa tan dulce la del cielo!
La Muerte, ¡qué misterio tan profundo!
La Nada, ¡qué terrible desconsuelo!7

La experiencia ha cambiado su fisonomía cuando en el devenir de la vida cotidiana ha sucedido la pérdida de “la inocencia”, y desde luego de la fe en la salvación, como afirmó en el soneto “Fe”, redactado unos meses después del fallecimiento de Agustín F. Cuenca. La fe, sentenciaba entonces la autora, resultó ser “cobarde fantasía”, “febril espectro del delirio insano”, por ser, si acaso, un asidero artificial, engañoso, y porque no aliviaba su “dolor”.8

Con el mismo impulso doloroso redactó, a continuación del soneto “Fe”, el titulado “Magdalena”. Allí desarrolló el tema bíblico de la culpa y el perdón de Dios por medio de la representación de Cristo, otorgados a las mujeres pecadoras por amor. El personaje era “pálida azucena”, tenía “cabellera destrenzada” e, hincada “ante Cristo”, mostraba su tribulación y lloraba “sus culpas”. Magdalena era un ser tembloroso; suspiraba y mostraba su penar, reflejado “en su lánguida mirada”. Era el canto de la “impura penitente” y, si este episodio no ofrecía al lector experimentado ninguna novedad respecto del pasaje bíblico y del perfil del personaje, la escritora, al reproducirlo y ponerlo en su versión, realizaba un acto personal de expiación y desahogo.9

Otra visión de la deidad y su función protectora apareció en el poema “Sombras”, compuesto en 1885 —también a consecuencia de su viudez—, en donde hizo acto de aparición el viejo clamor “por el ángel de la guarda”, su protector desde la infancia en la “caliente cuna”, como lo había señalado ya en el poema “Infortunio”, escrito en 1875. Esta presencia protectora ha sido otro de sus rasgos recurrentes de estilo. En “Sombras”, Méndez de Cuenca hizo referencia, otra vez, al temprano abandono de su madre:

En la triste orfandad que aún hoy me aterra,
con qué sencilla fe creyó mi anhelo
que a falta de una madre aquí en la tierra,
la de Dios me cuidaba desde el cielo.

Más adelante, pero dentro del mismo poema “Sombras”, se exigirá a sí misma rescatarse de ese abandono, cuando en la crisis de la edad adulta buscaba rastros de su antigua fe:

Fe de la infancia: préstale tu ayuda
al espíritu flaco y macilento;
que el torcedor candente de la duda
ya no calcine más mi pensamiento.10

Esta misma idea, tomada de igual modo de su experiencia infantil, ha surgido en el canto titulado “Kyrie eleison”, cuando primero el ser humano es arrojado al mundo en la más absoluta indefensión, sin asidero posible y con el pecado original a cuestas:

Por virtud de una ley genitora
que oculta sus causas,
indefensos, inermes, desnudos,
al mundo nos lanzan.

Y desde esta brutal anomalía producida por el desamparo de los seres nacidos bajo la esfera del cristianismo, asimilado o sin asimilar, con la figura de Dios sacrificado en la representación de su hijo en la Tierra, han de vivir los seres la condena eterna del inocente acto de nacer; y tras de semejante estigma, el hombre ha tenido la suerte de cargar esa lucha del hombre contra el hombre, al haber sido condenado al mal y a morder el polvo, como la serpiente del Génesis:

¡Oh, existencia! ¡Oh, azote sangriento!
¡Oh, ruda batalla!
¿Qué te hicimos —¡oh, Dios!—, qué te hicimos
para esta jornada?11

La autora ha dado otra visión de Dios en la experiencia del oprimido en su poema “El esclavo”. A este esclavo no sólo se le condenó a la pérdida de la libertad, también al sacrificio de su voluntad por obediencia; ha sido obligado, además, a rendir culto a una deidad ajena a la suya, con la cual no ha podido identificarse ni ha comulgado en ideal y principios; sus figuras tutelares eran muy diferentes al Dios impuesto por el poder del amo. Este esclavo negro, incluso con la amargura de su “carne lacerada”, se veía obligado a cantar “a coro” los cánticos cristianos “del Niño Dios en cada Noche Buena”, los cuales le comunicaban aflicción, quizá morriña, y nada más.

Este personaje, ante situación tan precaria y frente a la determinación de suicidarse, con tal de sentirse libre y recuperar su libertad, ha cobrado conciencia:

“¡La redención! ¡La cruz! ¡Estéril cuento!
¡Poética visión del afligido!
¡Vanas palabras que dispersa el viento
y no van más allá que del oído!

”¿A qué representar a nuestros ojos
un Canaán vedado a nuestras huellas?
Era hablar de perfume a los abrojos
y al topo del fulgor de las estrellas”.12

En “Anhelos”, Méndez de Cuenca reiteró su convicción personal de ver a la deidad cristiana como un “Dios incomprensible”; en esta ocasión, pese a lo dicho, modificó su postura: pidió ser ella misma ese Dios para estrechar a “la Creación”, y colmada ya por esta investidura, poder abrazarla y hacerla suya, a lo mejor por la primera vez. En torno a su crisis, la autora no hallaba otro camino para tener cabal comprensión del mundo o, simplemente, para admitirlo:

Quisiera ser el Dios incomprensible
que formó la Creación,
por tomarla en mis brazos y estrecharla
contra mi corazón.13

Conviene comentar otras dos configuraciones de Dios, en un par de poemas con finalidades muy distintas entre sí y correspondientes a su última etapa creativa. En “Camino de la paz”, criticó la reiterada y popular visión del Dios como capaz y poseedor de todas las resoluciones humanas, a cambio de los rezos, por medio de la fe o a través de la devoción inculcada y reforzada desde la infancia aunque vacía en el fondo, debido a su simple y machacona repetición por las vías del canto y de los rezos, al final estériles y sin ningún sentido. El enfermo delirante habría de recuperar, luego de ritos y rituales, no la salud perdida sino la paz conseguida tan sólo en los sepulcros. La protagonista del poema es una muchacha de 18 años de edad, enferma y víctima del delirio febril. La escritora ha dicho —en un tono cargado de ironía—: esta muchacha volverá “a la vida, que de la vida eterna/ no se aparta, ni aun queriéndolo, Dios mismo”. Volverá ya no en su actual condición y representación, o sea en calidad de ser humano, sino transfigurada, reconvertida, en rama de árbol o en otros muchos objetos dotados de existencia autónoma. O, quizá, como en el poema ha quedado escrito, en “mujer fecunda y bella/ de rostro peregrino”. La muchacha volverá a la vida, según ha afirmado el yo poético, pero sin la conciencia actual y sin la fisonomía anterior a su padecimiento. El remate del texto es contundente: la muchacha ha de volver pero con representación y papeles muy distintos, desposeída y sin

el dejo febril del delirio,
la pureza del lirio,
la tristeza del cirio,
la resignación santa del martirio.14

En “Ya sabes el enigma”, Méndez de Cuenca reconstruyó en forma artística el proceso del misterio de la muerte y su más allá, tal como, supuestamente, lo habría experimentado el poeta Nervo durante sus últimos días y frente a sus inquietudes por desvelar, o adivinar, con el acto intransferible de la muerte, los misterios ante las premoniciones, el temor al infierno, o bien la salvación y la vida eterna; esto es, a ese tránsito rumbo a lo desconocido que la autora denominó “el vuelo de la ‘Verdad’”. El poema culmina con muchas de esas preguntas cuyas respuestas, además de obsesionar a Nervo, lo intrigaban. Dichas obsesiones le han sido sugeridas por la escritora con un tono irónico:

Habla. Di: ¿las tinieblas que envuelven tus despojos,
que apagaron la idea torturante en tus ojos,
justifican el fuego de tu fe y de tu amor?
¿Tu alma serena y blanca reposa en el Señor?15

En el poema “De viaje” llevó al extremo el lenguaje de la religión cristiana occidental y su convención social al uso. Ocupó para la composición quintetos de diversos metros, con el apoyo de dos juegos de rimas consonantes y la terminación aguda en los versos segundo y quinto. Este viaje es la vida, el paso, el transcurrir, en donde el yo poético es un peregrino más, pues va “con todos, donde todos van”, en el cumplimiento de su destino. En ese trayecto —“que es largo” y “agrio”—, el hombre aprende “lo amargo del pan”.16 Con tal de no alterar la ruta de ese destino, continúa y se somete a las obediencias de “una voz mística”, ordenadora e indicadora desde la altura. Esta voz le muestra al hombre —según Méndez de Cuenca— los engaños “de la ilusión,/ las florecitas de la alegría,/ y con colores de fantasía/ la recia tentación”. Pero, ¿qué es lo que percibe más allá del camino inevitable y más acá de los engaños que le dan aliento para seguir el trazo del destino? Un mundo en donde reina la hipocresía humana, tolerada asimismo por los pueblos y por las instituciones reguladoras de la vida y su desarrollo. Junto a los demás seres, amigos unos y detractores otros, y sin importar “la concordia”, el “amor” o la “misericordia”, la vida sigue, como continúan las vidas de los demás en torno a “la discordia”. Señala el quinteto central del poema a los compañeros del viaje, a los otros —en su versión colectiva de ganado—, cuya presencia se logra gracias al persistente cuanto efectivo uso de la reiteración:

A nuestra vera, con los ingratos,
la hipocresía por paladín,
y hatos de míseros y de pacatos,
hatos de déspotas, de ruines hatos,
hatos sin fin.17

Frente a este sistema de significaciones, de indudable predominio materialista, han aparecido otros sistemas de significación, revestidos por el discurso literario para reafirmar los estatutos del sentido poético. En sus composiciones, Méndez de Cuenca desechó modos, giros, expresiones crípticas, oscuras o herméticas; utilizó, en su lugar, recursos eficaces para comunicar emoción y compromiso. Su idiolecto no tocó aspectos innovadores. Experimentó, en cambio, en lo relativo a la clarificación de los modelos ofrecidos y proporcionados por la tradición cultural, y en los asuntos de la especialización temática, pues desde un principio había formulado las hipótesis de fondo y forma, en donde guardarían coherencia y concordancia un tema definido con la forma poética escogida para la construcción y el arreglo del poema. Además indagó, buscó y experimentó, a la manera rubendariana, en los modos del lenguaje y en la eficacia y técnica del verso. Con estas bases sustentó la fuerza de su estilo poético, poco a poco perfeccionado, conforme avanzaba en la práctica estilística y en el ejercicio de su escritura.

* Fragmento del “Estudio introductorio” de Poesía de Laura Méndez de Cuenca (compilación, estudio preliminar y edición de Ángel José Fernández), Xalapa, Universidad Veracruzana, 2024.


1 Roger Picard, El romanticismo social (trad. de Rosa Chacel), México, FCE, 1947, pp. 29-39.

2 Iván A. Schulman, El proyecto inconcluso: la vigencia del modernismo, México, Siglo XXI Editores/IIFL-UNAM, 2002, p. 10.

3 Laura Méndez de Cuenca, “Ayer. (Fragmento de un poema)”, en Poesía, Xalapa, UV, 2024, pp. 451-457.

4 En la carta donde ofreció a Enrique de Olavarría y Ferrari y su esposa el pésame por la pérdida de su suegra y madre política, señora Vicenta Díez de Landázuri —fechada en San Francisco, California, el 14 de marzo de 1896—, señaló la escritora: “Para dolores como éste no hay palabras de consuelo y por lo mismo no intento ensayar ninguna forma de condolencia, pero sí estén ustedes seguros de que me duelo de su aflicción como si fuera mía, y que rogaré a Dios de todo corazón por el descanso de la respetable finada. Aunque no tengo muchas apariencias de creyente, en lo íntimo de mi corazón tengo una fe ciega en algo mejor que esta triste vida” (véase Pablo Mora: “Cartas de Laura Méndez de Cuenca a Enrique de Olavarría y Ferrari: dos promotores de la literatura mexicana”, en Literatura Mexicana, núm 14, 2003, pp. 241-287.)

5 Laura Méndez de Cuenca, “Cineraria”, en Diario del Hogar, 29 de agosto de 1889, pp. 2-3.

6 “Esperanza”, en El Lápiz (t. I), 4 de diciembre de 1904, p. 1.

7 “¡Oh, corazón!”, en Diario del Hogar, 25 de diciembre de 1904, p. 1.

8 “Fe”, en Diario del Hogar, 16 de septiembre de 1894, p. 2.

9 “Magdalena”, en La Gaceta de Guadalajara, 7 de abril de 1912, p. 4 (con el título “La Magdalena”).

10 “Sombras”, en Revista Azul, 31 de marzo de 1895, pp. 342-343 (con la fecha al pie “1895” [sic]).

11 “Kyrie eleison”, en Revista Azul, México, 21 de abril de 1907, p. 41.

12 “El esclavo”, en El Mundo Ilustrado, 23 de septiembre de 1900, p. 2.

13 “Anhelos”, en Diario del Hogar, 18 de mayo de 1902, p. 1.

14 “Camino de la paz”, en Tricolor. Una revista mexicana de cultura (t. II), núm. 2, diciembre de 1918, s./p.

15 “Ya sabes el enigma”, en Revista de Revistas, núm. 524, 23 de mayo de 1920, p. 14.

16 En el poema “Nieblas”, publicado originalmente en 1887, había señalado una conclusión similar, es decir, material, del destino: “Por fin, del mundo en la áspera borrasca/ sólo quedan del árbol de la vida/ agrio tronco y escuálida hojarasca” (véase Parnaso de México. Antología general, México, Librería Universal Porrúa Hermanos, pp. 175-179).

17 Laura Méndez de Cuenca, “De viaje”, en Revista de Revistas, núm. 415, 14 de abril de 1918, p. 8.


Autor

Ángel José Fernández

Xalapa, Veracruz, 1953. Poeta y académico. Doctor en Historia y Estudios Regionales por la UV. Es investigador en el Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias de su alma mater, del que también fue director. Autor de 10 libros de poesía, su obra ha sido recogida en más de 20 antologías y libros de ensayo. Su trabajo más reciente es la edición crítica de la Poesía de Laura Méndez de Cuenca (2024).

septiembre 2025