Con todo y lo mucho que sabemos con mucha o poca precisión,
afirmo y corroboro que lo que ocurrió esa noche,
cuando José Eugenio, el poeta del pueblo, hizo al decir y desató,
no es fake news, hoy tan en boga, tampoco un meme,
y por más que se empeñen fijándose en pequeñeces,
las y los y con les falte sólo que se haga constatable lo que aquí comparto.
Valga decir que los hijos de Baudelaire,
esos practicantes de la concatenación maldita,
suelen pasar del personaje a la multiplicidad de las máscaras.
Vi, pues, en tiempos simultáneos a Chepe con la barba crecida
fumando un porro en la parte más alta de la Estatua de la Libertad
y en un auditorio en Madrid, un antro en Monterrey,
y en el Centro Cultural España en la CdMx.
Se evidenciaba la desnudez con sus asegunes,
colocándonos ante los espejos de desproporción y despropósito.
Los ánimos estaban sexosos y la risa y los roces entre besos colectivos
nos hacían anónimos cada vez más y giro tras giro, cuando, repito,
en el rumor muchos aseguran que se la sacó de la bragueta,
y la maniobró mostrando destrezas y habilidades poco vistas.
Pero nadie tiene la selfie que constate la evidencia.
Sony asegura que ella sí la tiene.
Y varias de las que estuvieron presentes
y de las que aun estando lejos, lejísimos,
aseguran que la sintieron dentro.
Otros aun cuando lo niegan o lo callen, también.
Sé de algunos que no estuvieron presentes
y la tuvieron presente
con tal alboroto de revuelo las palabras
como en una fuente las hojas secas en otoño.
Nos arremolinamos y la música verbal sonaba provocando
en la mente y el cuerpo una risa feliz,
no una risa insana mala onda
y el humo de las sensaciones se fue disolviendo
hasta la transparencia cuando la multitud
dibujando eses de movimientos en sánscrito,
semejaba mujeres bailando ballet clásico que, con un dron,
en vaivén captó la imagen y sí se ve que se mete la mano
como si fuera a sacar un arma el pistolero.
Pero algo borroso sucede que nadie puede asegurar
que lo que ahí pasó estuvo más cerca de la verdad que de la mentira
que nos rodeaba obnubilando los deseos y demás voluntades.
Los dealers que en la economía del menudeo
trataron de amedrentarnos con toxicidades alevosas
y algunos políticos colados pretendieron sacar tajada protagónica
y fingiendo la sonrisa tomaban al poeta por la verga de sus palabras.
La policía no traspasó el letrero de nuestros derechos humanos.
Y precisamente ahí, en ese fulguroso instante,
el silencio que precede a lo histórico,
fue roto por la trompeta de Charlie Parker
que junto a José Eugenio estuvo todo el rato y no lo habíamos visto.
Así terminó el recital y fui a felicitarlo al camerino.
Me preguntó con la boca reseca y agotado, tomando agua,
cómo estuvo y yo le dije fue un concierto sobre el mundo
construido por la humanidad en una Tierra
que al transfigurarse nos recuerda que somos pasajeros del universo
y que hechos de palabras nos regresamos todos excitados a nuestras casas,
multisolos y multiorgásmicos, individualmente colectivos,
empeñados en asegurar que aquella noche con su día en tres puntos del orbe,
el poeta del pueblo hizo ante su público, lúdico y lúbrico,
entre cuerpos jóvenes y cuerpos flácidos de desnudez boluda,
habíamos presenciado sin tener más herramienta para entenderlo que
la risa y el aplauso.

Autor
Josué Ramírez
Ciudad de México, 1963. Poeta y editor. Es autor de varios libros de poesía, entre los que se encuentran Hoyos negros, Los párpados narcóticos, Ulises trivial y Trivio. Ha sido becario del Sistema Nacional de Creadores de Arte y de la Fundación Rockefeller, y publicado reseñas y ensayos en diferentes revistas y suplementos literarios.