agosto 2025 / Inéditos

Igual a un piano azotado por el tsunami



Cuadro azul sobre fondo de nada


Tampoco llegaré a la edad
donde haya en cada una de mis notas
el latido de la vida.
¿Cuánto tiempo aguantará un piano a flote
en el agua negra después del maremoto?
¿Sobre qué signos se debe declarar su muerte?
Piensa el viejo pintor Katsushika
en el horizonte de un mar arrepentido,
mientras un piano negro
va sonando su música de espuma
como un caballo muerto a la deriva.

No celebraré ciento diez años.
Nadie escuchará mi madera
quebrándose en el estómago del mar.
Nadie vendrá a tocar
la música de mi cuerpo ahogado,
piensa el viejo pintor loco
mientras llena con plastas de pintura su tabla,
la tabla no lleva surcos,
la gubia y los instrumentos están en la basura,
sus cajones están vacíos, limpios,
sólo plastas de azul
sobre ese único bloque de madera,
lo suaviza, lo expande,
lo pule para que el papel
tome de un solo trago ese azul
pardo, oscurecido como un foco viejo,
tenue como la luz en un sorbo
de agua apenas tocando la lengua,
robusto como el sonido
de un piano descompuesto,
terso, lluvioso
como susurro de gaviotas
en el aliento de una playa fría.

El resto de los colores en la basura
junto a los instrumentos y los diarios.
Todos los seres, las cosas, mueren.
Todos los hombres morirán
pero no todos lo harán quejándose,
piensa el pintor feliz, experto,
frente a un cuadro azul
que en su sello dice:

retrato de la ola
mirando su reflejo
en el agua.

Ryuichi Sakamoto conversa con un piano ahogado.
O sobre la música que compuso con el piano encontrado después del tsunami


1.
El cuerpo de un piano ahogado

Como un animal de origami
barnizado por la sal del naufragio,
el cadáver de un piano deshace tus manos, Ryuichi,
tus manos salobres, quebradizas.

Intentas recomponer poco a poco su canción
acariciando el acero cabizbajo de las cuerdas,
la tristeza de sus martillos.
Repasas con una pequeña melodía
la línea del mar en su costado.
Montas el agua sobre su lomo,
escuchas su tapa azotándose
como herrumbre vieja,
como las costeras de Tohoku,
las notas ocultas del desastre
y el crujir de una flor seca bajo el agua,
miras los pedazos de su bastón
como una pierna reventada
por una mina en el campo de batalla.

Eres, Ryuichi, la noche de su música.

 

5.
Estudio sobre el piano de Tohoku (por Ryuichi Sakamoto)

Morirás, seguro que morirás.
La canción de tu cadáver es imposible.

Mira de nuevo el piano.
Nada como el producto de la industria,
de la delicada pincha de un tallo,
de la pluma sobre la cuerda
al duro martillar sobre el acero,
escucha el percutir de su ambivalencia.

¿Cómo reconstituir su forma,
tan armoniosa y bella,
su pervertido cordal, su falsa dulzura?

En clases apunté esta frase,
estaba inscrita en la tapa de un viejo clave:
Musica dulce laborum lavamen.
La música hace el trabajo llevadero.
Hoy mi trabajo es morir;
los horarios del medicamento, las citas para el diagnóstico:
¿cómo va muriendo?
Bien, encontré un piano.
Un piano roto de los bordes,
como si se hubieran roto en él
todos los claves,
todos los neobarroquismos,
la obscenidad de la belleza
con que la música se engaña a sí misma.

Escucho esta eclosión de células muertas
en mis pulmones, mi cuerpo
igual a la perfección en las calles de un cadáver,
la intricada partitura de un sonido en vano.

Un Steinway & Sons relincha
su decadente melodía en la antesala del agua,
cayendo junto al horizonte del mar
que lo devolvió como una perla oscura.

Me lloro a mí mismo en este cascajo,
porque veo en su infancia
el rescoldo de lo que fue el timbre perfecto y lujurioso de su canto,
la perfección con que se contiene la música,
la perfección, como la voracidad de una bala
o una descomposición de átomos,
la ciencia que no tengo,
la misma que nos calla
cuando queremos que la escritura
encuentre el ritmo
de la silenciosa vulgaridad de la vida.

Me falta todo, su cuerpo es la asfixia de los bosques
y en él escucho esta negra Sonata opus ak-47
disparando a la tierra para redondear su hechura.

Mírate en este cadáver, eres tú, Ryuichi.
Hay agua de un negro mar azotándote en silencio,
encallas desde dentro, terco, sutil naufragio.

¿Acaso ves aquí la madera prensada,
el acero rebanado y limpio,
las toneladas de fuerza para moldear al árbol,
para endurecer cada cuerda en su tonalidad precisa?

El árbol es obligado a moldearse para nuestro oído,
la industria humana de convertir lo sublime en adorno,
de ignorar su propia enfermedad.

Mira, el piano requiere ser afinado.
Decimos que desafina, pero esto es impreciso,
la materia lucha por volver a su estado natural. 
Mira con cuidado en la música,
morirás seguramente,
tu cuerpo llegará, también,
a la misma costa, roído,
con la sal rebanándote el pecho,
serás, en el azul dormido
donde guarda silencio el agua,
igual a un piano azotado por el tsunami,
y ése será tu canto. 

La sal

…todo concurre al polvo pariente de la sal, pero la sal perdura.
Gonzalo Rojas

No puedo sentirme pronunciado,
me falta la sal para nombrarme,
para entrar al hueso
con los arrojos con que esa pequeñísima blancura
penetra el mar para endurecer sus venas,
no me sabe el mundo,
me falta el olor a leña
de una estufa a fin de año
y el pan de la tía al centro de la mesa,
los muebles recién pintados
porque el abuelo llegó antes
que nosotros para prepararlo todo,
veo en mí un lugar que me abandona
al toque del agua para evaporarse
y dejarme tan a solas que ni conmigo mismo,
como el ansia por un trozo de animal
en la lumbre dorándose
y la angustia de un bocado.

Me faltan mis abuelas,
sus lechos de croché
con olor a lirios,
las novelas de Benavides
que leían los tíos
y los casettes de Pedro Infante
con que mi madre
intentó inculcarme el canto,
ahora queda el polvo en la cornisa
a punto de saltar
como hacen a su tiempo
todos los seres.

También los recuerdos
dejan su sal en alguna parte
y no la encuentro. 

¿Por qué no aprendí de mis ancestros
la carpintería, las artes de la siembra
o las recetas para noche buena?

El abuelo abre la tierra
a lo lejos, aún lo veo
con su cerveza en mano
y el sudor seco en la frente.
Saca uno de los corazones de la tierra
aun latiendo,
un corazón humeando
y su carne desmoronándose
entre jugos, desprendiéndose
de los pómulos
como si huyera del hueso
hacia nuestra mano,
como debe ser.

El olor nos congrega,
es un olor para habitar el mundo,
para abrazar la dentadura abierta
del animal de nuestro pueblo,
los ojos vacíos de una res descarnada,
su esqueleto delicioso,
sus colmillos
llamándonos
a la mesa.

Nadie dice nada,
mientras quede en el plato
un bocado de esa carne.

Lo que diéramos por un puñado
de nosotros mismos,
morder el mineral del mundo
directo de la mano
para escaldar la lengua
con su sazón inabarcable,
escribir al igual que el mar
cuando devuelve a sus ahogados.

Me falta la sal, rotunda y como es,
la lágrima que es sólo lágrima,
la sangre que es sólo sangre,
que son nada sin la sal,
sin el quimismo de la tierra
y su rumor salobre,
quedan para mí sólo pedazos,
partículas, ceniza y polvo

en todas partes,
todos primos de la sal,
nunca ese místico cloruro
con sabor idéntico al llanto
y a la sed. 

Tengo este oleaje en la cabeza
llena de motivos insípidos
y sin poder repasar un poco
con la lengua
esa sazón
que rememora.

* Poemas pertenecientes a Cuadro azul sobre fondo de nada (Chihuahua, Medusa Editores, 2025), libro ganador del Premio Nacional de Poesía Rodulfo Figueroa 2024.


Autor

Arístides Luis

Pachuca, Hidalgo, 1990. Autor de “Ascensos”, primer lugar de ensayo del Concurso 52 de Punto de Partida UNAM (2021), Se hace tarde… (2023) y Cuadro azul sobre fondo de nada (2025, Premio Nacional de Poesía Rodulfo Figueroa 2024). Sus poemas se han incluido en diversas publicaciones como Letras de Pachuca (2023), El envés albo de las hojas (2025) y No tan lejos. Muestra de poesía mexicana reciente para jóvenes (2025). Becario en la especialidad de poesía del programa Jóvenes Creadores del FONCA (2021-2022) y del PECDA (2025).

agosto 2025