septiembre 2025 / Inéditos

En ese cuerpo intermediario



Carol Ann Duffy



Carol Ann Duffy fue nombrada poeta laureada de Gran
Bretaña, un título honorífico que concede la Corona desde
1668 y que hasta ahora nunca había recaído en una mujer.

Prensa Internacional


I get our bread-knife and go out.
The pavements glitter suddenly. I touch your arm.

C. A. D.




Así existieron las escenas y las tramas románticas, cuando se sucedieron
A través de muchos reyes y reinas, los poetas laureados, aquellos que cantaron
A princesas y príncipes
Y contaban con favores de los monarcas
Y la corte, 
Para esgrimir ese título que serpenteó entre generaciones masculinas
Y eran rimas nobles, poderosas, metáforas chorreantes y recurrentes
Como el arcoíris que se traga el arroyo, en el plenilunio de las ardillas
Que van fantaseando con su repetición de la tierra 
En cámara lenta, 
En el llamado de las cohortes y de la saga imperial,
Después fue tu poema y la saga 
De tocarte el hombro cuando se esgrime
La cotidianidad con un cuchillo.  
La primera mujer poeta laureada
De Gran Bretaña: Carol Ann Duffy,
Mientras la observo desde el signo cifrado
(La astucia voyerista) 
Y escudriño en el cajón del gavetero.  
Tomo mi bolígrafo y salgo a la calle
Busco la poesía, miro a las gentes, voy apuntando.   
Te encuentro
Leyendo versos a las cebollas. Toco tu brazo.

Emily Dickinson

Emily Dickinson es una divinidad que colocó guiones en sus poemas para dialogar con las pausas. 
 Esperó a que cantara el gallo de la resurrección en la noche de Amherst. Incitó al fuego
  A que permaneciera sobre los céfiros, dibujó una crónica para patos salvajes y cisnes,
Completó una alineación de estrellas en una página en blanco;
Se pinchó un dedo podando una rosa para dar el color que le faltaba al arcoíris.
Su jardín fue una iniciación para ofrecer sacrificios,
 Allí se instauraron el relámpago y el trueno como una súplica,
  El cielo fue el consorte de toda jaculatoria y de toda dádiva. Se instauró como un presagio entre las órdenes celestes;
la siento bajar como un arroyo de una colina próxima. El mar la aguarda
Con sus cornos de espuma. Tiene lenguaje de dioses
Para transverberar la realidad. Las notas ambiguas se agrandan a los ojos,
Los caballos se encabritan inmutables ante el isomorfismo en las raíces
 los bulbos salpican de flores los caminos que hemos de recorrer en las infinitas mañanas o en los iniciáticos atardeceres
Que son como una ráfaga más clara o quizás como un ronquido.
En ella convergen lluvias, bálsamos, pasiones;
Sus manos trafican con el sol una fotosíntesis antes de tiempo;
Fragua un concierto para poderosos seres. Nadie la ve mutar
Con sus pensamientos
  y nadie sabe si la noche se puebla con sus luciérnagas, con sus sílabas cantadas de luz amorfa.

Ella tiende su brazo y es escuchada.
Ella desnuda su espalda y es como el gladiolo impregnado de rocío.
Ella reza y es como una piedra regurgitando en sus recámaras interiores.
Ella se despoja de la ropa y es como si la primavera se quedara conmigo
En un ansia vegetativa. Ella orquesta las antistrofas celestiales. 
Pacta con una garganta de agua su pequeña gracia, su geológica hecatombe.
Se ha hecho de espíritus
Asistiendo,
     Cortando,
          Podando,
 Colecta insectos y se transforma como la rosa; en el objeto de soñar con otros pueblos, con otras aldeas,
Con otras capitales               
A la deriva de lo irreal
Cuando nacen nuevas plantas, versos a Dios
Esparcidos por un templo
De viandantes.   

 Aquí va la escritura de Emily Dickinson; poderosa como un susurro rizado por el océano.
Dialoga con el pimpollo y con la abeja,
Con el ruiseñor y el petirrojo
Con un rayo místico de sol.

Traduzco
       Este jardín
          Para que se nos dé la idea
De sus colores
            Y olores
                 como un himno arrancado a la naturaleza.

Jane Kenyon

Dos águilas reales
Reanudan el vuelo
Sobre la laguna.
Eagle Pond
Vuelve a recibirnos
Con sus heladas
Y con sus hojas
Disueltas
Como en un cuaderno
De un zootecnista.
Hace frio y, aun así
El hielo tañe
Reverberante
Como si fuese a convocar
Una antigua corona para el fuego;
Esa que se ciñó sobre la cama pintada
Con versos
Que dieron pie
A un sueño
De leyenda.
Ah, la poeta mujer-dormida
Entre arabescos
Y pértigas.  Es el sueño convaleciente
Tras una restauración con el verano,
Polluela que duerme con las voluntades de la pasión
Y del almendro.
En ella se hace la noche
Con toda la fauna estelar
Emigrando por su cuello,
Caravanas de dioses
Que egresan de contemplar la tempestad.
Las águilas reales
Desde la altura
Ubican una presa
Entre el abismo
Y la cumbre,
Entre la pubertad
Y el destierro
Y se lanzan
Una vez más
Como un rayo
hacia un rosal
Indivisible.
Es la cantiga
Para superar
Los aires,
Para vencer
Todas las velocidades del viento.
Es el amor
Que se pinta,
Es el amor
Que sobrevive
Sucedáneamente
Sobre los bulbos de las flores
Es el amor como una avalancha
y sobre la coloratura de los conos.
Dos águilas reales
Siguen revoloteando
Por el prístino
Cielo
De Eagle Pond.
Uno mira al otro
—Ignorando—
Cuál ascenderá primero,
Cuál
De los otros
Dos
Se quedará pintando la cama
Para empollar una y otra vez la eternidad.

Maya Angelou

puedes arrojarme al fango
y aun así, como el polvo, yo me levanto.

M. A.

Podrás arrojarme al lodo
Y me yergo.
Represento a la tierra libre,
Mi mano negra la conquista.
Soy la tierra que liberó a los esclavos.

Del cielo caen los dátiles.
Las ardillas se ofuscan y levantan la cola
Llevándose a ciertos fantasmas
Que fueron colgados o que lloraron besando cadenas.  

La tarea es lírica como versificar
O tocar un instrumento en una calle atiborrada.  
Las hojas de periódico revolotean
Y forman un prismático. Por aquí caminan ahora
Negros y blancos. Seguiré siendo la tierra que liberó a los esclavos.

Virginia Woolf con sus banderas flameando



Fue usted, Virginia, la que dijo
un lleno de neblina domingo de marzo:
me hundiré con mis banderas flameando.

Efraín Huerta



Virginia escuchaba voces. La voz que más la atormentaba era la de Orlando,
No tanto la de la señora Dalloway, atrapada en sus 24 horas, esas 24 horas que son un abismo, 
Una castaña que morder
Para asilar la eternidad
  Esas 24 horas que pertenecen al mundo, segunderos más que luces, minuteros más que sombras 
En el comprar las flores y celebrar esa fiesta en medio de la multitud
En su hálito para desmoronarlo todo.
Los monólogos interiores siempre atormentaron a Virginia,
En su propia obra
En ese faro,
Donde nos costaba constelar algún poema,
Alguna súplica,
Atisbar aquella luz
Que demoraba su cauterio,
Su droga iluminada,
Qué verbo sensitivo,
Que cólera a los ángeles,
Ahora que el cerebro ha empeorado
Y no hay habitaciones propias
Para los huesos de fantasmas
Que deambulan
Y siguen deambulando
Por la campiña inglesa.
Era otro contemplarse las manos,
Otras rutas para adivinar un silbido
Entre el bosque,
El de la plata aspergeada y la nuca del espejo
Siempre dispuesta a permanecer intacta
Para una caricia,
Para un tardío gesto del ruiseñor
Cuando te posesionabas 
En la escritura y de tu mano brotaban torrentes,
Efluvios, 
Marejadas,
Simples olas
Que atormentaban a otros
En colores, 
En rayos hacia adentro, 
En la representación de la sangre, 
De la rosa alquímica,
De la arena votiva que se deslizaba por debajo de la puerta.  

Todo era el límite del mar y el condado.

Yo me quedé aquí, entre la suspicacia y el crimen,
En el autoflagelo
Ante la agrupación de las aguas,
 Lo espiritual entre las ruinas y las claridades inconfundibles por las ramas del sendero,
En ese cuerpo intermediario que va serpenteando en las
                          distancias.

Yo no lo creí posible, cuando Mrs. Woolf se perdía en los desastres
De la lluvia
Y el coro seguía inclemente tras de sí,
Tras sus desvaríos
Y ya no podía ni resistía escribir a las voces,
Deseosas, de combarse
En algún personaje para la memoria literaria
De todos los solsticios,
De todas las demencias
Cuando al confundirse con las estrellas y la podredumbre del quimérico otoño
Contempló la felicidad momentánea
En las hojas caídas,
En las piedras que adquirieron sesgos de rostros familiares
Y por la ventana: un camino se dibujó hacía el cenagoso río
Fue entonces cuando escribió las notas para tener consciencia
De la libertad propia y la libertad del cónyuge.

¿Qué barco le heredaste a Leonard Woolf?

¿Qué balandra para Vanessa Bell en la playa de Studland,
O las escenas domésticas o el interior de dos mujeres?

¿Qué barquichuelo para tu amante supuesta, Vita Sackville-West?

Caminaste hacia las ondas, tomaste las caras de todos en la piedra
Y el abrigo se colmó de marineros hundibles
Y te adentraste hacia el frío cauce del agua, donde fuiste también
Agua de las aguas,
Agua de la bruma, 
Agua del suspenso, 
Agua del monólogo interior,
Agua de la nueva forma de novelar, 
Agua de escribir poemas novelados,
Agua de la extirpación del sol, 
Aguas del tormento y la desesperación de las fobias británicas, 
Agua de Bernard, Susan, Rodha, Neville, Jinny, Louis y Percival. 
Agua de los colores múltiples, agua de las letanías y de los sembrados de avena,
Agua de los disfraces y la sexualidad dormida, 
Agua de los sexos que despiertan,
Agua del azogue y de los dioses que se advienen a ti,
Agua siempre que llega, agua de Virginia, Virginia de agua,
Agua del chorro hacia el aire, agua victoriosa, agua virgínica                
Agua                  que se hundirá                con sus banderas flameando.

* Poemas pertenecientes a Cuaderno inglés de poesía feminista, Granada, Valparaíso Ediciones, 2025, ganador del IV Premio Internacional de Poesía de Fuente Vaqueros.


Autor

Javier Alvarado

Santiago de Veraguas, Panamá, 1982. Ha merecido premios nacionales e internacionales como el Ricardo Miró, el Rubén Darío de Nicaragua, el Nicolás Guillén, el Medardo Ángel Silva, el Sor Juana Inés de la Cruz y el Premio Internacional de Poesía de Fuente Vaqueros-Casa Natal de Federico García Lorca. Cuenta con una veintena de poemarios y tres antologías.

septiembre 2025