Cinco versiones latinas

Un pecho bien templado entre lo adverso/ aguarda, y en la suerte teme el cambio./ Trae Júpiter inviernos, pero luego / él mismo los destierra:/ aunque el mal se presente, no es eterno./ Lo mismo Apolo, que a veces despierta/ con su lira a las Musas, y otras tensa / la cuerda de su arco…

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Dos poetas griegos

Son señales me decías, mensajes de un cambio—
sin embargo qué buscaban
¿Tantos hombres? gente, multitudes me asustaban aquel
día, me tapaban la vista.
¿A dónde mirar? alrededor alambres, el invierno sin corteza
esparciendo por doquier
encuentros en cada calle, gélidas lloviznas— tú
recordabas
leña y más leña al fuego, detrás de las piras tantos
años perdidos.

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Tres poetas eslovacos

“Morir es solo no ser visto”, sostiene/ el eterno alcohólico local, guardián del jardín cubierto de maleza./ El tiempo aquí, en lugares lúgubres, carece de tiempo…

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El género del sonido (2)

Cada sonido que emitimos es un poco una autobiografía, tiene un interior totalmente privado pero su trayectoria es pública. Una parte de adentro es proyectada hacia afuera. Censurar estas proyecciones es una tarea de la cultura patriarcal que (como hemos visto) divide la humanidad en dos especies: aquellos que pueden censurarse a sí mismos y aquellos que no.

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El tiempo sabe el precio que se paga

Auden no era propiamente un lírico, no aislaba momentos de intensidad. Pensaba y hablaba en versos: y sus versos, con su maravillosa y siempre imprevisible regularidad, no eran sino recursos para pensar…

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El género del sonido

Cerrar las bocas de las mujeres era el objeto de un complejo acuerdo de legislación y convención en la Grecia preclásica y clásica, del cual los ejemplos mejor documentados son las leyes suntuarias de Solón y el concepto nuclear es la afirmación genérica de Sófocles, “El silencio es el kosmos [buen orden] de las mujeres”.

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El tercer cielo. Tres cantos

Y entonces descendimos a la nave,
Enfilamos la quilla a la rompiente, a la mar divina, y
Erguimos el mástil e izamos la vela en la nave prieta,
Embarcamos ovejas y nuestros propios cuerpos
Agobiados de llanto, y los vientos en popa
Nos impulsaban con velas panzudas,
De Circe esta nave, la diosa del peinado minucioso.

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La mona

Arrojó de la banca aquel platillo/ tras beber toda el agua, se paró / —¿olvidaré algún día ese momento?—/ y me dio su callosa mano negra,/ que aún estaba fresca de humedad…

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