Hay, en el antiguo poema anglosajón llamado Beowulf, una escena alucinante. Se da cuenta en ella de un formidable concurso de natación en el que Beowulf, el héroe gauta, se enfrenta a su amigo de la infancia, Breca el brondingo. Lo jóvenes guerreros nadan durante siete días y siete noches en aguas frías y procelosas, entre criaturas siniestras y monstruos marinos. Visten cota de malla y llevan consigo sus espadas durante todo el trance. ¿Quién conquista la inconcebible prueba? Como siempre, eso depende del que cuente la historia: el malicioso Unferth ha traído el cuento a colación, en un festín, para avergonzar a Beowulf en público diciendo que el gauta perdió el certamen miserablemente. Beowulf responde y, en un alarde de labia, asegura que se impuso su valor y su fuerza sobrehumana. Todos se regocijan ante el poderoso discurso del úrsido señor. Nadie escucha a Breca. ¿Qué habrá de revelarse si prestamos la palabra, en otra lengua y otras latitudes, al silencioso brondingo?

Breca

Sōð ic talige,
þæt ic mere-strengo     māran āhte,
earfeþo on ȳþum,     ðonne ǣnig ōþer man.

[He de decir
que yo mostré en el mar     mayor poder,
más bravura y brío     que cualquier hombre.]

Beowulf, 532-35

He roto en dos el mar, el hondo azul,
batiendo brazos sin mayor razón
que un juego justo de honra y un deber
forjado en hierro, en hiel, de nombre honor.

En cambio aquél, armado de ansia-arpón,
halló bravata urdida en hueso y piel
con miras de matar a un leviatán
de espuma y sal, hundido en cieno vil.

Mi casta no valió. No vio el tesón
del joven que lo amó y nunca halló
la fuerza o el fervor en otro igual:
de oso y hombre rabia su furor.

Aquél será quien venza al monstruo, el mal,
a bruja-madre y ese cruel dragón
que abraza el oro y fiero guarda fiel
los huesos y el blasón de un héroe o cien.

Y yo, sepulto en tiempo y negra pez,
seré el vencido, el puño roto, el fin
de aliento y mies. En verso y son seré
el lerdo Breca, el débil dios menor. Soþlice.