Entro a la escuela en la que doy clases
pregunto si vinieron estudiantes para rendir exámenes
y los preceptores dicen que sí,
que suba
que vaya al aula 15.
Cuando llego, tres de ellos, aseguran no haberse llevado la materia
entonces bajo
busco las planillas para chequear.
Dos estaban aprobados
pero otro no,
vuelvo a subir, le propongo que, como tiene poco tiempo,
realice un trabajo que le enviaré esa misma tarde.
El repositor del supermercado está cambiando algo en la vida secreta.
Ella, con el estetoscopio que sonda las cosas del otro lado, está cambiando algo en la vida secreta.
El oficinista está cambiando algo en la vida secreta.
La paseadora de perros está cambiando algo en la vida secreta.

Proliferan los repartidores, veloces con sus bicicletas en las calles. Hay va uno tarareando una canción todavía secreta.
El playero del estacionamiento está en varias partes a la vez, y se lamenta de las comas que pudo haber eliminado.
Agota Kristof cuenta los versos con el ritmo regular de las máquinas. En la noche, ya lejos de la fábrica, pasa en limpio poemas en su libreta.
En su interior, El suelo pesa está compuesto de dos partes en la que se distribuyen, de manera desigual, 24 poemas elaborados a partir de lo que el autor mismo ha denominado “la experiencia poética”. Es decir, el predominio del “descubrimiento o el ‘shock’ antes que la (mera) página en blanco por llenar”. Noción que parece persistir como matriz estructurante de un sistema o conjunto de voces, forma predilecta que rehúye del yo íntimo o del predominio de la primera persona: “Prefiero las voces diferidas, distintos hablantes que buscan dar cuerpo a una voz pública encarnada en escenas, detalles (observación) y fragmentos que hagan levantar la mirada”, confiesa el poeta en una entrevista concedida a Julio Ortega.