
el río de culebras que llamo mis venas,
el río de almenas que llamo mi sangre
el río de azagayas que los hombres llaman mi rostro
el río de pie alrededor del mundo
golpeará la roca artesiana de cien estrellas en monzón.
Libertad mi único pirata, agua del año nuevo mi única sed
amor, mi único sampán
correremos nuestros dedos de risa y calabaza
entre los dientes helados de la Bella Durmiente.
Aimé Césaire, “Batuque”
Muchos creyeron que el surrealismo había muerto. Muchos lo escribieron. Una puerilidad: hoy su actividad se extiende por el mundo entero y el surrealismo persiste, más vivaz y atrevido que nunca. André Breton puede pensar con orgullo en el periodo de entreguerras y afirmar que, para el modo de expresión que creó hace más de veinte años, se abre un “más allá” cada vez más vasto, inmenso.
Si el mundo entero recibe el esplendor de la poesía francesa en el mismo momento en que se abate sobre Francia el peor desastre de su historia es, en parte, porque no ha callado la gran voz de André Breton, porque retumban por doquier, de Nueva York a Brasil, de México a Argentina, de Cuba a Canadá o Argelia, voces que no serían las que son (en timbre y resonancia) sin el surrealismo. En realidad, hoy en día, como hace 20 años, el Surrealismo puede reivindicar la gloria de encontrarse en el extremo del arco tendido hasta romperse: de la vida.
Presencia, pues, del surrealismo. Joven, apasionado, revolucionario. Sin duda, en 1943, el surrealismo sigue siendo lo que siempre ha sido, una actividad que tiene por objetivo explorar y expresar sistemáticamente las zonas prohibidas del espíritu humano, para neutralizarlas; una actividad que busca con desesperación dar a los hombres los medios necesarios para reducir las antiguas antinomias que son “los verdaderos alambiques del sufrimiento”; una fuerza, la única que nos permite encontrar “aquella facultad singular, original, de la que resta una huella en los primitivos y los niños, que levanta la maldición de una barrera infranqueable entre el mundo interior y el mundo exterior”. Pero, como signo de su vitalidad, el Surrealismo ha evolucionado. Evolución o, mejor, expansión. Cuando Breton creó el surrealismo, la tarea más urgente consistía en liberar al espíritu de las trabas del absurdo lógico y de la supuesta razón.
Pero, cuando en 1943 la libertad misma se encuentra bajo amenaza en el mundo entero, el surrealismo, que no ha dejado un solo instante de mantenerse al servicio de la más grande emancipación del hombre, se ve resumido por completo en esta palabra mágica: libertad.
“La causa surrealista, en el arte como en la vida, es la causa misma de la libertad. Hoy, más que nunca, pedir la libertad en abstracto o celebrarla en términos convencionales es hacerle flaco servicio. Para iluminar el mundo, la libertad debe hacerse carne y, así, reflejarse y recrearse incesantemente en el verbo”.
Así habló Breton. Exigencia de libertad. Necesidad de una pureza total: es el lado Saint-Just de Breton, de donde provienen sus “no, gracias” tan condenados por los amigos del compromiso.
“A quienes preguntan cada tanto por qué, en el seno del movimiento surrealista, ocurren tantos cismas, por qué tantas exclusiones han sido declaradas, creo poder responder, en buena consciencia, que las hemos hecho a medida que hemos ido avanzando. Aquellos que, en una medida más o menos manifiesta, han desmerecido la libertad –siendo esta, en el surrealismo, reverenciada en estado puro, es decir, preconizada en todas sus formas– y habiendo, si lo entendemos bien, múltiples maneras de desmerecerla, según yo, como por ejemplo, al regresar, como lo han hecho ciertos surrealistas antiguos, a las formas fijas en poesía, cuando ha quedado demostrado, particularmente en lengua francesa –y la grandeza excepcional de la poesía francesa, desde el romanticismo, autoriza a generalizar esta manera de ver las cosas– que la calidad de la expresión lírica se ha beneficiado principalmente de la voluntad de franquear preceptos caducos. Rimbaud, Lautréamont, el Mallarmé del Golpe de dados, los simbolistas más importantes (Maeterlinck, Saint-Pol Roux), el Apollinaire de los ‘poemas-conversaciones’. Y lo mismo sería cierto, en aquella época, con respecto a la pintura. Bastaría inscribir, en lugar de los nombres precedentes, aquellos de Van Gogh, Seurat, Rousseau, Matisse, Picasso, Duchamp. También muestra que uno ha desmerecido la libertad, de una vez por todas, el haber renunciado a expresarse personalmente y, lo que es lo mismo, peligrosamente, fuera de los marcos estrictos en los que quiere mantenernos un ‘partido’, quedando este partido en lugar de la libertad (pérdida del sentido de lo único). También demuestra esta pérdida el creer que sólo se puede ser uno mismo, en verdad, relacionándose impunemente con quien fuera (pérdida del sentimiento de la dependencia). La libertad es, al mismo tiempo, locamente deseable y completamente frágil, lo que le da el derecho de ser celosa”.
Intransigencia, pues, de la libertad, que es la condición primera de su fecundidad. Y vemos a Breton, al final de sus inspecciones más patéticas, no dudar en arrojarse a las inmensas extensiones vírgenes que el surrealismo ha entregado a la audacia humana. ¿Qué pide Breton a los espíritus más clarividentes de la época? Nada menos que la valentía de embarcarse en una aventura que bien podría ser mortal, pero de la que puede esperarse –y esto es lo esencial– la conquista total del espíritu. “Una época como ésta que vivimos puede sostener, si tienen por finalidad la impugnación de las maneras convencionales de pensar cuya insuficiencia resulta obvia, las salidas a todos los viajes, al estilo de Bergerac, de Gulliver… y toda posibilidad de llegar a algún lugar –tras algunas desviaciones, incluso por tierras más razonables que las que hemos abandonado– no está excluida del viaje al que hoy los invito”. El surrealismo está vivo magnífica, intensamente, en quien ha encontrado y perfeccionado un método de conocimiento de tal eficacia. Dinamismo del surrealismo. Y este sentido del movimiento es lo que siempre lo ha mantenido en la vanguardia, infinitamente sensible a las perturbaciones de la época, “azote de la balanza”.
“De resto, a despecho de algunos sepultureros impacientes”, escribe Breton, “creo saber mejor que ellos qué podría significar su última hora para el surrealismo: se trataría del nacimiento de un movimiento más emancipador. Un movimiento como éste, al que, gracias a la fuerza dinámica que mis amigos y yo seguimos colocando por encima de todo, tendríamos el honor de sumarnos”.
Ésta es la actividad surrealista, una actividad total: la única que puede liberar al hombre, revelándole su inconsciente. Una de las que ayudarán a liberar a los pueblos, iluminando los mitos ciegos que los han traído hasta aquí.
*
Y ahora volvamos a nosotros mismos.
Sabemos dónde estamos aquí, en Martinica. Nuestra tarea de hombres era señalada vertiginosamente por la flecha de la historia: una sociedad lisiada por el crimen en su origen, apoyada sobre la injusticia y la hipocresía, temerosa de su futuro a causa de la mala consciencia, que debe desaparecer moral, histórica, necesariamente. Y entre las poderosas máquinas de guerra, “bombas y explosivos” que pone a nuestra disposición el mundo moderno, nuestra audacia escogió el surrealismo, que le ofrece la oportunidad más segura de éxito en la actualidad.
Por ahora y en adelante, al menos hemos alcanzado un resultado. A lo largo de los duros años del dominio de Vichy, la imagen de la libertad no se ha desteñido totalmente aquí y eso se lo debemos al surrealismo. Estamos felices de haber tenido en alto esta imagen ante los ojos mismos de quienes creían haberla tachado para siempre. Ciegos, por ignorantes, no la veían reír insolente, agresiva, a través de nuestras páginas. Y cobardes después, cuando comprendieron, atemorizados, avergonzados.
Así pues, lejos de contradecir o atenuar o desviar nuestro sentimiento revolucionario de la vida, el surrealismo lo respalda. Alimenta en nuestro interior una fuerza impaciente, mantiene interminablemente el ejército inmenso de las negaciones.
Y también pienso en el mañana.
Millones de manos negras, bajo los cielos furiosos de la guerra mundial, alzarán su espanto. Liberado de un largo entumecimiento, el más desheredado de todos los pueblos se levantará sobre las llanuras de ceniza.
Nuestro surrealismo le entregará entonces el pan de sus profundidades. Se tratará de trascender al fin las antinomias sórdidas de la actualidad: blancos/negros, europeos/africanos, civilizados/salvajes, encontrado el poder mágico de los mahoulis, extraído directamente de sus fuentes vivas. Purificados en la llama azul de las soldaduras generadas por la estupidez colonial. Habremos encontrado nuestro valor de metal, nuestro filo de acero, nuestras comuniones insólitas.
(Revista Tropiques, nº 8-9, octubre de 1943)
* Ensayo proveniente del libro El gran camuflaje. Escritos de disidencia (1941-1945) (trad. de Adalber Salas Hernández), Madrid, libros de la resistencia, 2025.

Autor
Suzanne Césaire
Trois-Îlets, Martinica, 1915 – Yvelines, Francia, 1966. Escritora y figura destacada de la negritud y el surrealismo. Fundadora, con Aimé Césaire y René Ménil, de la revista Tropiques en 1941.
Traductor
Adalber Salas Hernández
Caracas, Venezuela, 1987. Entre otros, es autor de los libros de poesía Salvoconducto (XXXVI Premio de Poesía Arcipreste de Hita 2015), La ciencia de las despedidas (2018; traducido al inglés por Robin Myers como The Science of Departures, publicado en 2021 y finalista del National Translation Award in Poetry), Nuevas cartas náuticas (2022) y Breve vocabulario del exilio (2025), así como de los volúmenes en prosa Clarice Lispector: el lugar de la poesía (2019), 23 shots (2021) y Palabras sin dueño. Variaciones sobre la traducción literaria (Dirección de Literatura UNAM / Periódico de Poesía, 2019). Ha publicado, entre otras, traducciones de Marguerite Duras, Antonin Artaud, Charles Wright, Mário de Andrade, Hart Crane, Pascal Quignard, Mark Strand y Louise Glück.