| …………………………………………………………. |
|
|
| Por Cecilia Romana |
| …………………………………………………………… |
|
No. 74 / Noviembre 2014
|
|
El mismo lugar en todas partes Igual que en un cuento de Carver, parece que los poemas de En el lugar en el que estábamos se mueven negándose a hacerlo, como si en el ímpetu se les fueran las ganas de mudarse, de ser otra cosa de la que son. El segundo libro de Elba Serafini explora casi los mismos tópicos de aquel primero (Dinamarca, Sigamos enamoradas, Buenos Aires, 2007), pero con una profundidad que les da cierta limpieza después de siete años. Está la casa –un departamento, tal vez, o aquella lejana, la de la infancia-, están los viajes –las vacaciones desesperantes y breves-, está el amor –entrampado en la red del instante-, y está ella: mirada femenina que se posa en todo con bidimensión de sentido: madre-hija, esposa-amante, casquivana-recoleta, casi muerta-casi viva… El lugar en el que estábamos En todo caso la duración es la que modifica no ya el recuerdo, sino las estampas de aquellos veranos amarillos lejos de la ciudad. Es la misma duración la que deforma levemente los colores y hasta el humor. Es, en última instancia, la que marca el tono y el ambiente del libro. Hay dejos de traducción. La forma en que los versos se ordenan hacia una coherencia propia del poema produce extrañamiento, una pequeña distancia, tal vez, la sensación de que no se los lee en su idioma original. La laguna funda una incógnita y la incógnita, a su vez, el misterio que es, finalmente, el corazón de la poesía. Es decir, el desarrollo de cada línea lírica hacia la estrofa –si es que se permite decirlo en una estructura tan libre como la que frecuenta Serafini-, se detiene en algún momento en una especie de apnea lingüística:
¿Búfalo de agua? La distancia comienza a socavar el sentido, aunque sea en un mínimo soplo, como un golpe de luz, un flash lanzado con demasiada premura en mitad de la noche. Serafini se recuesta sobre un rayo, porque las vacaciones no tienen tiempo cuando se las recuerda. Mientras se las vive, la cronología es casi lo único que importa, sin embargo, pensándolas, se distienden, se convierten en materia dilatada: partículas de sitios externos que se hacen carne y letra por obra y gracia del orden de los minutos, de las horas, los días, en fin. Definitivamente, El lugar en el que estábamos es un limbo, un intermedio que la memoria produjo entre dos vidas para seguir viviendo. Ese ambiente, de fondo fílmico, concede que el lector penetre relajadamente en los poemas y, sobre todo, en la óptica femenina y melancólica de Elba Serafini. Dice el poema III:
La atención, esa manía de volcar esmero en un punto exclusivo, no es aquí lo que parece. Tal vez la vida y la poesía coincidan. Y un libro sea, quizás, un paso que avanza y no el que retrocede, por más que refleje el pasado andando. La poesía de Serafini se nutre de lo que cambió, de lo que fue, pero habita todos lados. Por eso, El lugar en el que estábamos, desde su centro intangible e irrepresentable, es el lugar sin tiempo, sin estaciones, sin edad.
|
|
|
