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No. 55 / Diciembre 2012 – Enero 2013 |
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Cartapacios
Por Aurelio Major
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No. 55 / Diciembre 2012 – Enero 2013
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Sobregiros1 |
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Es el título que el fronterizo poeta inglés Basil Bunting (1900-1985), cuyo extenso poema Briggflatts es una de las cimas ineludibles de la literatura en su lengua el siglo pasado, dio al apartado final dedicado a sus traducciones inserto en su breve poesía completa: Overdrafts, en el sentido asimismo de versión incesante, hasta su abandono en la publicación. Si Ezra Pound y Octavio Paz, por citar dos modernos ejemplos consabidos, establecieron con sus traducciones una relectura y reinvención de una parte del legado poético chino, japonés e indio medieval en lengua inglesa y española, Bunting hizo lo propio con la poesía medieval japonesa o francesa o la clásica latina, pero sobre todo con la persa, que en su época contaba con la orientalista y célebre traducción inglesa que FitzGerald hiciera de Jayyam. Inveterada costumbre la de los distintos grados de apropiación y diseminación de las tradiciones elegidas: Paz consideró sus influyentes traducciones parte integral de su obra, Pound, al revolucionar la traducción moderna de poesía y con ello el pasado literario, vertió muy extensos pasajes traducidos en sus Cantares, Bunting, precoz discípulo de este último en Rapallo, hizo lo propio: rescribió poemas de otros, recuperando una tradición de siglos, aunque sin hacerlos pasar por suyos, sino como imitación, paráfrasis, transcreación de incesantes versiones. La aparición de un buen traductor de poesía es, acaso, menos frecuente que la de un buen poeta, y los inesperados efectos de esa actividad paralela e imbricada en la propia escritura son de largo plazo, pues las traducciones excepcionales impiden que la poesía de una lengua determinada termine reseca, contemplándose en el espejo, repitiéndose la misma experiencia. La influencia de estos sobregiros, lectura profunda como ninguna otra, comenzaron en Bunting muy pronto con sus sorprendentes versiones de Lucrecio y Horacio, en un principio mucho más que meras traslaciones y estimulado por el magisterio poundiano. En una primera etapa de su obra propia los sobregiros dieron origen a Villon, una de sus “sonatas”, escrita a los veinticinco años: Bunting, de educación cuáquera, había sido detenido y encarcelado en Inglaterra por negarse a participar en la primera guerra mundial; esa precoz experiencia (aunada a otra breve reclusión en el París de Maddox Ford y Hemingway) se imbrica con su lectura del propio Villon y su célebre encierro, por lo que el poema es un diálogo con el poeta que lo inspira, es la requisa repleta de citas literales y alusiones de la tradición releída, y es su propio trance cavilado:
En sus años escolares en Northumbria, Bunting fue reconocido entre profesores y compañeros no sólo por su temprana y premiada valoración de Whitman, sino por enmendar los sonetos de Shakespeare eliminando las palabras redundantes que rellenaban el verso. Esta lectura crítica, integradora de un pasado poético que hace plenamente suyo, como la vida vivida, e inexplicable sin tener en cuenta su condición marginal, fronteriza (por formación, por costumbres, por habla, por paisaje) respecto de los ingleses del sur, revela una conciencia poética moderna y ya madura antes de la instrucción de las diversas vanguardias angloamericanas. El modelo de Lucrecio y de Whitman de no excluir nada de la experiencia poética (ajena a todo sedentarismo y erudición meramente libresca) hace que la vida de Bunting quede además imbuida en su propia obra (por ello apenas se conservan rastros de gestaciones poéticas o documentos superfluos). Octavio Paz, en El signo y el garabato, afirma que uno de los grandes poemas de la lengua inglesa es justamente Chomei en Toyama, la “paráfrasis” que Bunting hiciera del inacabado Un relato desde mi choza de Kamo no Chomei, genuina transcreación sobre el mundo transitorio, la autonomía individual, la naturaleza y sus catástrofes y en cuya trama Bunting urde a ratos su propia biografía: Transitó el pasado y breve siglo convulso casi entero, de las verdaderas postrimerías del XIX a las del XX, y no vivió una vida sino varias: navegante, crítico musical, carpintero, comandante de escuadrón en la segunda guerra mundial, corresponsal, albañil y espía –como tantos escritores británicos de su generación–. Cifrar y descifrar, interpretar y condensar: el poeta como espía, como oculto legislador, el espía como traductor, el traductor como descifrador: la poesía lo incluye todo. Bunting afirmó siempre que todo lo expresado en sus poemas había sido fruto de sus vivencias («Yo soy un escéptico: mi padre es Hume, me interesa Swift y todo lo que está escrito en mis poemas es porque lo viví, lo viví directamente», aunque a una distancia sideral de más o menos contemporáneos como Larkin o Amis, o de la experiencia insulsa que predomina en determinada poesía española). Un poeta de acción, como Raleigh o Garcilaso, como su paisano Wordsworth, otro de sus difuntos preceptores. Su estudio del persa, incitado desde los primeros años treinta por una traducción francesa de Firdusi, se profundizó en sus dilatados periodos en Irán como militar, intérprete, periodista, diplomático y espía. Esa frecuentación lo convirtió en el traductor más refinado del propio Firdusi, Manutcheri, Hafiz, Rudaki y Saadi al inglés del siglo XX (en correspondencia con Zukofsky se vanagloriaba de haber leído más y mejor a los escritores persas que la mayor parte de los orientalistas europeos y británicos de entonces), y resultaba natural que adaptara e integrara la prosodia y la oralidad persas (y su legado árabe) en sus propios poemas:
Desde la traducción que crea un análogo del poema original, hasta la paráfrasis y la imitación, o los glosarios y notas al final de su obra completa (otra suerte de traducción), la de Bunting es inimaginable desprovista de su lectura crítica de otros usos poéticos en aras de ampliar las posibilidades de su propia lengua, y cuyas limitaciones analizó en un breve artículo que examina la célebre traducción de FitzGerald de las rubaí de Jayyam. Bunting lamenta, a pesar de las excelencias, su monotonía comparada con la diversidad rítmica del original, pues el inglés del traductor y sus contemporáneos de aquel entonces padecía una tara a la que se oponía Bunting y la vanguardista generación precedente:
Bunting se refiere a la claridad y la precisión del detalle presentes en Homero, Dante o Firdusi, por ejemplo, frente a su ausencia en la poesía de, digamos, Milton. En la vida hay esplendor en efecto, pero no es espléndida siempre y muchas cosas sin duda habían ocurrido desde la muerte de Keats como para repetir los mismos procedimientos. Y esa conciencia crítica de la que Bunting es partícipe indujo un cambio esencial de la lectura del pasado poético por medio de la traducción, así como del estudio serio, nada académico, de poesías radicalmente otras. Con todo, esta voz, esta relectura y este oído situaron por lo mismo a la obra de Bunting en un lugar excéntrico en la literatura inglesa (en sentido estricto) de su generación, pues la modernidad poética estadounidense (de Pound, el primer Eliot y William Carlos Williams) ejerció en él además considerable influencia. Donald Davie vio en el ejemplarizante Bunting, incluso ya hace treinta años, al único genuino poeta angloamericano, y las dificultades que presentó su recepción en una Inglaterra literaria poco habituada a sus procedimientos técnicos, así como en la estadounidense a causa de su léxico y referencias geográficas e históricas, lo mantuvieron en relativa oscuridad durante buena parte de su vida: es significativo pues, que su primer libro se hubiera publicado en Texas cuando ya contaba con cincuenta años. Fue el único poeta inglés incluido en la célebre antología que preparara Louis Zukofsky de poetas objetivistas (Reznikoff, Carlos Williams, Oppen, Rexroth, Rakossi et al.) aunque negara siempre, con George Oppen y los demás, que el “objetivismo” existiera siquiera como escuela o movimiento. Este conjunto fugaz de poetas pretendió depurar algunas perversiones que había adoptado el imaginismo poundiano en manos de sus cultivadores y epígonos. El “objetivismo” hacía hincapié en el poema más que en su asunto, es decir, el poema es un artefacto verbal, objeto integral, orgánico y condensado. Transcurridos cincuenta años, la obra de casi todos ellos, poco conocida en español por su complejidad y la exigencia a la que someten su propio idioma y medios expresivos, se revela mucho más perdurable que la discutiblemente meritoria de Bishop, Lowell o Berryman, por citar a varios poetas conocidos y más o menos contemporáneos. Los poemas de Bunting son, desde este aspecto, una transacción entre el poeta y su tema y no entre el poeta y sus hipotéticos lectores. Nada nuevo así formulado, la novedad reside en los resultados que saltan al oído. Pero está claro que una lectura atenta de la obra de Bunting permite concluir sin duda que ésta no es una mera continuación de los diversos y contradictorios presupuestos poundianos (como maliciosamente expresó Eliot) propugnados en los muy distintos periodos literarios del estadounidense. Poco antes de la segunda guerra mundial Bunting se alejó por razones políticas y morales de quien había sido hasta entonces su preceptor y sólo muchos años después la amistad, si bien epistolar y dilatada, se reanudó en el contexto de la conocida reclusión psiquiátrica de Pound. Bunting mismo se ocupó de enumerar su genealogía en el prólogo a su poesía reunida y en la que es preciso subrayar la mención de otro poeta que ha padecido similar marginación, Zukofsky:
Una lectura atenta también permitiría concluir, ex post, como no podría ser de otra manera, que toda su obra, incluidas desde luego sus traducciones, preludia de múltiples modos la creación de Briggflatts, concluido en 1965, y cuya aparición llevó a Cyril Connolly a declarar que se trataba del poema extenso más importante publicado en Gran Bretaña desde los Cuatro cuartetos. El propósito de Bunting al destilar los veinte mil versos escritos y reducirlos a los setecientos definitivos era enseñarle el oficio al joven poeta Tom Pickard que había reclamado su magisterio y con ello escribir un poema concebido a la manera del inconcluso Preludio de Wordsworth: una suerte de autobiografía, pero no un registro de los hechos; es la formación de la mente del poeta en condensación extrema; es un repliegue del tiempo para unir el pasado con el presente, el entonces con el ahora; y mediante continuas yuxtaposiciones y disyunciones, es la composición de un objeto que satisface al oído, pues para Bunting:
Aspirar a la condición de la música. Las suyas son sonatas por la misma razón que los de Pound son cantares y los de Petrarca sonetos. No era distinto de lo que Valéry afirmara sobre el simbolismo, el suyo, cuando recordaba que “nuestras mentes literarias aspiraban a extraer de la lengua, casi, los mismos efectos que producía en nuestro sistema nervioso sólo el sonido…”. No otra cosa se propuso Bunting. Nada nuevo otra vez, la novedad (make it new) es la voz poética (incluso sugería que la lectura en voz alta de Briggflatts se acompañase de la melancólica sonata L 33 de Scarlatti), la cual buscaba disponer sus versos como un mosaico, sin argamasa ni fisuras:
El empleo por parte de Bunting de un enorme caudal de recursos prosódicos a su disposición, desde las aliteraciones de la poesía anglosajona, la onomatopeya, las metonimias y las rimas insólitas hasta el verso binario persa, el uso de la armonía y el contraste, las escasas metáforas, etcétera, culminaron un proyecto cuya publicación hace cuarenta años fue inusitada por el dinamismo y nervio que daba a su lengua cotidiana nuevas posibilidades expresivas. Tan inusitada como puede ser ahora su lectura en castellano, cuando ya ha sido más o menos canonizado y es parte integral de las corrientes antologías de lengua inglesa. El poema sigue una estricta estructura en sentido musical o topográfico: sus cinco secciones se presentan como una cordillera de cinco montañas con dos cumbres cada cual, salvo la central más elevada, con tres cumbres, y núcleo dramático de la composición. Sin embargo, sus efectos sonoros nada tienen que ver con la melodía ya difícilmente tolerable para nosotros de Poe o Tennyson, por ejemplo, y que en cambio se asemejan más a los recursos empleados por un poeta aún de vigente plenitud como Hopkins. El rango de la voz compositiva en Briggflatts puede ir desde la ligereza de
hasta la exposición de abruptos contrastes como:
En un breve y exasperado comentario a Briggflatts, Bunting describe su contenido en estos términos:
A pesar de sus muy vastos conocimientos, desde la lectura en silencio de partituras musicales desprovisto de fonógrafo, hasta la navegación de barcos ajenos de una costa a otra, Bunting fue siempre reacio a la petulancia erudita o las efusiones efectistas, por lo que sus ensayos no sobrepasan la decena y sus breves incursiones como catedrático universitario fueron más bien decepcionantes para todos. Toda información ajena a la composición que el lector trae consigo distrae del satisfactorio despliegue que el poema ha de desarrollar en las sucesivas lecturas en voz alta, de su unidad orgánica y autonomía. Las traducciones de la obra de Bunting han sido intermitentes y en general decepcionantes en lengua española. La primera acaso sea la que Enrique Revol realizara de una sección de Villon y que finalmente quedó recogida en su antología de poesía inglesa publicada en Argentina en 1974. Ese mismo año el poeta mexicano Marco Antonio Montes de Oca traduce con poco acierto dos odas incluidas en la antología de traducciones El surco y la brasa. Caso aparte por su especial importancia es la fundamental versión de “La ruta de Orotava” de Andrés Sánchez Robayna que en los años ochenta acrecienta el interés por la obra de Bunting. Cabe apenas consignar que en 1991 Martha Blok tradujo dos poemas más para la revista Poesía y Poética. Otra importante contribución española es la efectuada por Emiliano Fernández Prado y Faustino Álvarez Álvarez que en Cuadernos hispanoamericanos vertieron en 1995 algunos poemas juveniles encontrados entre los papeles póstumos de Basilio Fernández. Quien esto escribe publicó desde 1988 varias tentativas de traducción de los poemas de Bunting en diversas revistas de Iberoamérica y España, las cuales, muy revisadas y a menudo enteramente rescritas, finalmente se vieron recogidas en una antología de su poesía publicada por Lumen en 2004 (la cual incluyó algunas de Fernández y Álvarez, y la importante versión de Sánchez Robayna). El poeta y traductor Jordi Doce, al reseñar dicho volumen en las páginas de La Vanguardia de España ofreció su traducción de “On the Fly-leaf of Pound’s Cantos”, además de “Lo que el gerente le dijo a mi amigo”. (Tengo noticia de que en 2004 se publicó en la revista El poeta y su trabajo una traducción de Ricardo Cázares, y otras más en una antología chilena más o menos reciente de poesía en lengua inglesa, This be the verse.) Las diversas teorías de la traducción que han proliferado hasta la extenuación en el pasado siglo sirven sobre todo como señales en el camino, pues cada caso requiere tácticas distintas que dependen sobre todo de las exigencias del poema mismo, de su lectura profunda y exhaustiva, por lo que una valoración cabal y fundada de la traducción de un poema como Briggflatts, por ejemplo, apenas tiene validez si ésta se enjuicia verso por verso. Aunque las generalizaciones son a menudo inútiles, el fin, ya suficientemente acreditado es el mismo: un poema viable en el idioma al que se traduce, es decir, una operación literaria. Pero de ninguna manera una operación que tenga por meta la plena naturalización del original en la lengua, pues no se trata de una imitación o apropiación, como señalara Paz, sino de muy otra cosa: se trata de acercar el lector al poema y no al revés, de dejar de ser presa del propio idioma, o para decirlo con el ensayista y traductor Eliot Weinberger: “Metáfora: de lo familiar a lo extraño. Traducción: de lo extraño a lo familiar. La metáfora fallida es demasiado extraña; una traducción fallida es demasiado familiar”. Una traslación que procura ofrecer los mismos efectos con otros medios (baste este ejemplo de una oda de Bunting: “A thrush in the syringa sings: / hunger ruffles my wings” queda así: “Entona un zorzal en la celinda: / el hambre mis alas riza”), además de todos los lugares ya comunes de la tarea entendida en el sentido moderno y suficientemente comentada en las páginas precedentes pero que en el caso de Briggflatts, por la observación benjaminiana de que si la música no precisa de traducción y la poesía lírica es la que más se aproxima a la música las dificultades de su traducción son las más acusadas, impone una reiterada advertencia en el entendido de que ninguna traducción es definitiva nunca: el sonido prevalece sobre el sentido, pues lo contrario traicionaría la esencia de un poema creado para ser leído en voz alta. Esta traducción no es otra cosa que un instante más de las sucesivas reencarnaciones del poema. Lo que a continuación sigue es la primera sección de Briggflatts. La Peggy de la dedicatoria es la niña mencionada a partir de la cuarta estrofa y que reaparece al final del poema; la cita procede de unas coplas del Libro de Alexandre y su contexto es este (estrofas 1950 y 1954):
El poema final es la duodécima oda del segundo libro que las recoge, y fue añadida a la edición ya definitiva de su poesía completa en 1985, el año de su muerte:
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1 Una versión algo diferente de este artículo se publicó originalmente en Poesía en traducción, edición de Jordi Doce, Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2008. |
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