septiembre 2011 / Poesía

No.043_La cámara verde

No. 43 / Octubre 2011

 


El cuerpo es un cuarto de guerra 

TL de Roberto Cruz Arzabal [@cruzarzabal ]
Yuri, te presento al Dr. Sigmund. Dr. Sigmund, ella es Yuri. Yuri, cuéntale al doctor qué cosas suceden con el apagón.

Amarte como una forma de androginia.

Es provocador, pero creo que hay tres cosas fundamentales en la liberación femenina: la anticoncepción, las lavadoras y Norwegian Wood.

Si el feminismo no es horizontal, no es feminismo o "Feliz día de la feminista con sirvienta".

Tengo la impresión de que quienes sueltan a la primera el adjetivo "malcogida" desconocen las posibilidades del autoerotismo.

Ella baila abriendo las piernas, ofrece su culo rotundo a la cámara. Insiste en jalar la minifalda abajo. Hay algo de belleza en su pudor.

Penes enormes o pieles delicadas, pechos diminutos, cuellos corvos. Los guayabos son, en su inquieta permanencia, una orgía de madera.

Me pidió que le subiera la moral, por eso le bajé la falda.

Una mujer se subió y coqueteó con el chofer, nos miró a todos sonriendo. Sonreía con dientes ligeramente amarillos y brillo en los ojos.

La mujer blanca, el pelo sin canas, pintado, el vientre ligeramente abultado, casi plano a fuerza de ejercicio en gimnasios baratos.

Al notar las miradas, la mujer bajó el cierre de su chamarra. Dejó a la vista la línea entre sus pechos, abrazo de arrugas eróticas.

Nada en ella delataba la inseguridad de la simulación. Se sabía atractiva porque la poseía su deseo no el tiempo.

Ofrecía a las miradas sus pechos, con una firmeza que daba el brasier y no el cuerpo. Movía su cuello largo y concentrado de arrugas.

Cuando uno ve a una mujer así, sabe que no hallará firmeza en los pechos o las nalgas, pero sí en la mirada.

Ella, gozosa y abierta, nunca brillaría en saciedad.

Hay pocas cosas tan eróticas como la imperfección. Tocar por ejemplo una nariz irregular y reconocer en los quiebres la voluntad del tacto.

Lou en la noche negra, Lou en el pubis del cielo.

El cuerpo del joven era un barco encallado en la mañana, mástil de sábanas, velero en el colchón.

Mi abuela acostumbra guardarlo todo. En sus cajones, la memoria de las cosas; en sus arrugas, la memoria de sus amantes. Memoriosos pliegues.

De tantear, medir tantos, prefiero la falsa etimología; de tentar, tocar, a tantear, medir el cuerpo, probablemente a oscuras con otro cuerpo.

Si fuera mujer sería tú. Me lamería los pies con total flexibilidad, solo por el gusto del sabor a ti.

El gigante que camina. Que masajea su pene enorme. Su musculatura absuelta. Un gigante que penetra la tierra. Una erupción de espuma.

Entrar en ti, en tu abertura generosa, en su ansiedad de bruma. Penetrarte en la rompiente. Adentro, entre corales, enmarecer.

Un cuerpo a toda velocidad termina siendo lo más parecido a una habitación.

Contenerse es construirse. Liberarse es derruir lo construido. El péndulo de la carne sigue el ritmo del esfínter.

Te observo desnuda sobre la cama y pienso que tu sexo es una ventana abierta. A hurtadillas, ladrón de agua, entro en ti.

Nos revolvemos sobre la blancura, quimera de sábanas y pliegues, hasta ver nuestros rostros descompuestos por la mueca del orgasmo.

Me molesta mucho la disneyficación del lenguaje femenino; entre "nenas" y "princesas" me parece estar entre madrotas azucaradas.

Supongo que madurar también es reconocer el potencial erótico de una mujer con sobrepeso.

El dios de los cristianos, está visto, es marino, pues prefirió a Jesús el pescador por sobre Onán, el sembrador.

Se habita lo que se construye, dice Ricoeur. Habitar la página es edificarla con letras. Así, el cuerpo habitable es el cuerpo transformado.

El cuerpo es un cuarto de guerra.

El cuerpo es una habitación del pánico.

Dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio. Cuando chocan el tiempo se detiene, sucede la explosión, la emancipación de lo fluido.


septiembre 2011