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No. 39 / Mayo 2011 |
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Ángel Campos Pámpano
Compañeros de viaje
Me llegué a la ciudad con el frío de las mañanas de viaje para ver los colores de las casas: la lentitud del rosa ensombrecido de sus fachadas, la luz blanca o dorada de las plazas vacías tras la lluvia, en la tarde. Buscaba mi lugar, perseguía un texto que había perdido (leído) en algún sitio. Anduve hasta el muelle. Lloviznaba. Y, allí, solo, en el muelle sin nadie, recordé en voz alta el comienzo de la Oda Marítima.
(De La ciudad blanca)
No sé si diga que el poema existe en la línea de sombra, en el rumor de límites que la imagen convoca y allí aguarda, incierto todavía, una mano de nieve que acierte en su lectura, que descifre su voz, que nos lo acerque y lo haga necesario, inútil como un dios, en la memoria.
Conforme a la costumbre
(De Siquiera este refugio)
La Nieve sólo una vez viste la nieve una mañana juntos qué era ese frío ya vestías de negro (yo había estado leyendo que el joven Pushkin Empieza enmudeciste entre el azul y el blanco de ese día apenas si podías inclinarte
desconocías el secreto no sentías el frío eras feliz me tomaste la mano sonriendo y tu mirada ardió tan luminosa
(De La semilla en la nieve)
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