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Novedad de la patria de Ramón López Velarde
Al comenzar el primer acto, el poeta la describe: superficie de maíz, minas tan ricas como el palacio del rey de la baraja, cielo hecho del vuelo de las aves, la bendición del campo y la amenaza de la industria. Contrasta el ajetreo de capital con el sosiego de la provincia. Su territorio ha sido mutilado –por los Estados Unidos– pero, aun después de eso, la Patria, con su mirada de mestiza, todavía es tan grande que los trenes que van por ella parecen de juguete. El noviazgo entre adolescentes, los fuegos de artificio, el jarabe, el barro que suena a plata –porque así suena y porque la contiene cuando es alcancía–, las calles recién lavadas y olorosas a pan… la Patria se resume como “alacena y pajarera”: un armario lleno de dulces y una jaula llena de pájaros. Irrumpe el temporal. Se desgaja el trueno, que lanza piropos a la mujer, sana a los locos, resucita a los muertos y deja caer los beneficios de Dios sobre las tierras del cultivo. Bajo el aguacero, los esqueletos crujen en parejas y el poeta es testigo de lo que fue, lo que está por venir, y el momento en que escribe, “con su vientre de coco”. Una mirada vuelta al pasado, al momento de fundación: el Intermedio dedicado a Cuauhtémoc. Su suplicio está cantado en la lengua del conquistador y la base de cenizas de sus plantas es una señal de victoria. De todos los infortunios, ninguno mayor que “haberte desatado del pecho curvo de la emperatriz” –“Dios sabe que sin mujer no atino”, dice en otro lugar López Velarde. Ahora viene el poema. Ya te lo dije, léelo en voz alta. Fíjate en la música y en la precisión de las palabras; en lo sorprendentes que son sus adjetivos. Y en los sorprendentes que es que sean no sólo sorprendentes, porque no son obra del capricho, sino exactos: definen con puntualidad lo que quiere decir. Llamar épica a la sordina, impecable y diamantina a la Patria, equilibrista al colibrí; decir que los pechos de las cantadoras empitonan la camisa… Fíjate en los detalles: ¿no te encanta que el rebozo estrenado a las seis de la mañana lleve todavía las marcas de los dobleces con que salió de la tienda? Fíjate en sus imágenes. Cada estrofa es un cuadro. Debes verlas. Dice Benjamín Jarnés, el escritor español, que López Velarde “se complace en `hacer ver’mucho más que en `hacer oír´, sus poemas”. |
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| Sobre Novedad en la patria
Ramón López Velarde (1888-1921) es un poeta que vivió un México de transiciones y reconstrucción, así también los movimientos artísticos y, en este caso la poesía, eran parte también de estos cambios. El libro Novedad de la patria es un libro pensado para jóvenes que se acerquen por primera vez a la vida y obra de Velarde. Gracias a los comentarios y acotaciones oportunas de Felipe Garrido, es como el lector puede acceder con mayor familiaridad a los versos de este poeta.
En el libro encontramos cómo Velarde proyecta su momento y su tiempo a través de las letras. Reconocemos su resistencia ante la invasión yanqui, la situación de México frente a Estados Unidos, lo que sucedía en el cine y la cotidianidad de ese México. Así, en este entorno, Velarde construye su idea de Patria. La Patria como mapa, como identidad e identificación.
Garrido ayuda al joven lector a descifrar las referencias dentro de la poesía de Velarde, recuerda su vida: la dirección del semanario noticioso y literario Pegaso, junto con Enrique González Martínez y Efrén Rebolledo; sus relaciones de amistad con pintores y escritores de la época, etcétera.
Este libro recopila poesía y prosa de Velarde, pero sin duda el tema central es el poema de La suave Patria, escrito y revisado por Velarde el poeta, el último poema que nos dejó antes de morir. La suave Patria es una pintura en movimiento, de lo que era y es México: la suave patria que lo vio morir.
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Yo que sólo canté de la exquisita Navegaré por las olas civiles Diré con una épica sordina: Suave Patria: permite que te envuelva Primer acto Patria: tu superficie es el maíz, El Niño Dios te escrituró un establo Sobre tu Capital, cada hora vuela Patria: tu mutilado territorio Suave Patria: tu casa todavía Y en el barullo de las estaciones, ¿Quién, en la noche que asusta a la rana, Suave Patria: en tu tórrido festín Tu barro suena a plata, y en tu puño Cuando nacemos, nos regalas notas, Al triste y al feliz dices que sí, ¡Y tu cielo nupcial, que cuando truena Trueno de nuestras nubes, que nos baña Trueno del temporal: oigo en tus quejas Intermedio (Cuauhtémoc) Joven abuelo: escúchame loarte, Anacrónicamente, absurdamente, No como a César el rubor patricio Moneda espiritual en que se fragua Segundo acto Suave Patria: tú vales por el río Suave Patria: te amo no cual mito, Inaccesible al deshonor, floreces; Como la sota moza, Patria mía, Tu imagen, el Palacio Nacional, Te dará, frente al hambre y al obús, Suave Patria, vendedora de chía: Tus entrañas no niegan un asilo Si me ahogo en tus julios, a mí baja Por tu balcón de palmas bendecidas Quieren morir tu ánima y tu estilo, Patria, te doy de tu dicha la clave: y es más feliz que tú, Patria suave.
24 de abril de 1921
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Retorna el poeta, en el segundo acto, al recuento de la Patria, no vista en el mito, sino tangible como una pieza de pan: vale por las virtudes de su mujerío, es una niña retacada, se regocija con el humilde estreno de un rebozo, vive de milagro y tiene estatura de dedal o de niño, como el Palacio Nacional –que en ese tiempo tenía sólo dos pisos–. Del hambre y de la guerra la protege su primer santo, el de la higuera reverdecida. López Velarde quiere raptarla. Quiere reposar en sus entrañas, que no niegan un asilo al ave sepultada en una caja de cartón ni a esas otras aves “que hablan nuestro mismo idioma” –el país salía de diez años de lucha civil–. En los calores del estío, la Patria lo consuela con “frescuras de tinaja”, y en el frío lo arropa con sus “labios de rompope”, pero también con su “respiración azul de incienso” –siempre eso que el poeta llamó su dualidad funesta: la sensualidad de los labios y el rompope junto con la espiritualidad del incienso–. La Patria vive amenazada: quieren morir su ánima y su estilo. El poeta le da la clave para que sea dichosa: “sé siempre igual, fiel a tu espejo diario”; no dejes de ser lo que eres, no pierdas tu identidad. En “la carreta alegórica de paja” leo un final optimista, la promesa de una cosecha abundante.