enero 2009 / Reseñas

No.022_Yo casi siempre duermo

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portada-duermo.jpgYo casi siempre duermo (Antología poética)
Patrizia Cavalli, selección, traducción y prólogo de Fabio Morábito, UNAM, México, 2008 

Por Isaura Leonardo

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Entre tapas rojas y tipografía blanca (acierto del diseñador), sobre el nombre de la autora, flota una pequeña almohada transparente: la lectura invita a dormir y a soñar, aunque es preciso evitar todo sendero que conduce a la frase común con la cual se publicita la imaginería literaria.

Con la selección, la traducción y el prólogo del libro de Patrizia Cavalli comienza la duermevela que el también poeta Fabio Morábito ha delineado para el lector. Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México, mediante su Dirección de Literatura, tuvo a bien publicar esta bella edición bilingüe vertida del italiano al español. Tremenda lápida de expectativa que pudiera sobreponerse a quienes conocen la obra del traductor y no la de la poeta. Se agradece entonces la decisión de acompañar por su original en italiano el texto traducido.

Arranco junto con Morábito: “Patrizia Cavalli refiere que tenía la extraña habilidad, cuando era niña, de abrir cualquier armario, puerta o cajón de los que se hubiera perdido la llave.” Apuesta lánguida o temeraria, acaso promisoria para los entusiastas, sospechosa (y por ello seductora) para los buscadores sin brújula que en asuntos de palabras no se fían ni de la asepsia ni del exceso, lo que tal vez sea el motivo de entregarse rotundos a la puja más alta en cualquiera de los sentidos.

Los primeros versos de Mis poemas no cambiarán al mundo (1972), me hicieron desconfiar; el reductio estilístico, el minimal lírico puede resultar un territorio incómodo. Esa holganza en el espectro de la voz tiende a develar con más crudeza los andamios de un armado léxico que pocas veces se registra auditivamente, que se me escapa o dejo ir: casi siempre suelo decepcionarme.

A poco la desconfianza deja lugar al asombro ante el descubrimiento irónico de Cavalli, quien a diferencia de otros guardianes de puertas, no nos asoma por el ojo de la mirilla; nos abre la puerta para situarnos de lleno con un espacio presente, ahí, con todo lo que es y no es, listo a ser aprehendido o difuminado (A la abridora de puertas, por cierto, le importa muy poco lo que hay “dentro”).

El tono sencillo y directo de Patrizia Cavalli no emula ningún preciosismo de tradición ni pretende ocultar nada, en todo caso se acerca más al aforismo, a escoger entre retórico y filosófico: “Pues sí, para tu mala suerte/ en lugar de partir/ me quedé en la cama.”

El mundo determinado por los ciclos de lo íntimo cotidiano es lo que los poemas no sólo no modifican, sino que testimonian, complacidos en su descaro perezoso: “Sigue como antes la vida,/ con gente de pie, sentada/ y que camina.”

Aquí está la clave, el ritmo que me condujo del brazo a cruzar la puerta abierta por una “niña crecida adulta”: la lentitud y la emergencia intuitiva de quien, impaciente, quiere perpetrar la apertura y para eso se toma su tiempo, llaga del hermeneuta. Hacia el final de la Antología, Morábito importa de La guardiana (Perezosos dioses, perezosa suerte, 2006), el secreto de la Cavalli: “…Mi placer/ estaba todo en derretir aquella terca/ e inaccesible negativa en donde nadie más/ que yo era el instrumento idóneo/ para la rendición: un replegar de fuerzas/ al penetrar sin fuerza, sólo oyendo…”

Placer poético, erótico y sexual que testimonia con paso natural y no como un relieve tópico, su historia homosexual, real y contundente, pero vista también como el juego infantil, el amor al arte, el placer teleológico de usar palabras para abrir puertas sólo porque sí, sabiendo que la palabra elegida no es nunca sustituible por otra: “Con ese alambre retorcido, luego palabras,/ me estaba ejercitando para la poesía./ ¿Para qué más, si no? Sí, iba aprendiendo.”

Dormir para despertar y viceversa, apología del sueño sin dormir y de la vigilia que nada vigila. Los misterios de Patrizia Cavalli se rinden a la presencia de lo inmediato, lo corpóreo y trivial, y de esa fuente abrevan sus mejores matices vocales (la poesía de Cavalli es vocal). El lector está frente a una poética que asciende y se expande por una escalera mediante la cual se complejiza sin atribular, casi sin ruido.

Cada quien su misterio,
el mío es el dolor de cabeza,
¿por qué despierta siempre en mí el amor?
Ven amor mío, ven,  me duele la cabeza.

La inocente almohada, la niña crecida adulta y su asombro ante la expectativa (pues la realización parece fastidiarla) no son en realidad ingenuas: Cavalli sabe del alcance de su apuesta. Acaso por esto son El yo singular propiamente mío (1992) y Siempre abierto teatro (1999) mis secciones favoritas; las menos sujetas a la vigilancia de la autora (es importante recordar el casi del título). Una trípode de peculiar belleza sostiene estos momentos: cuerpo, voz, teatro (cuerpo: tiempo, espacio).

Si quieres salir en serio de la cárcel,
hazlo en seguida, incluso
con la voz, conviértete en canción
.

Entre el yo y el espacio se produce una conjura de amantes, es posible ver el punto (fugaz, es cierto) de unión entre las partes del fragmento; el estrechamiento y el intercambio que escapa a la defensa de La guardiana y alcanza una doble realización en la mirada ajena y el orgasmo.

en esta cierta única tierra,
aún ahora me queda un destino,
no solitario ni ficticio, una segura
clarísima mañana cuando te veo
librada de ti misma y resurgida
enteramente con tu cara.

Cavalli decide rebelarse contra el telón, su teatro no cierra y la voz lírica sentencia: “El negro de las gafas que los ojos cubre/ vuelve todas las caras iguales,/ aspectos múltiples de lo posible,/ democracia de los sentidos, aquí me/ ofrezco.”

El temor al final ha sido confrontado, la puerta está abierta y se entra al espacio intermedio, el momento entre el dormir y despertar, donde nacen y mueren las luces de los extremos para continuar su marcha, fundidos si no fuera porque la fusión para Cavalli y su voz lírica es inalcanzable.

Ahí está Patrizia Cavalli con su poesía puesta en voz sobre una cama poética, esperando a ser leída, aunque es posible que la encuentren durmiendo.


Leer poemas…


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