enero 2009 / Reseñas

No.022_Poesía para nada

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poesia-para-nada-ignacio-sa.jpgPoesía para nada
Ignacio Sánchez Prado, Tierra Adentro, México, 2005

Por Pedro Serrano 

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Poesía para nada de Ignacio Sánchez Prado es un volumen bien orquestado, en el que sus partes se equilibran correctamente; las citas de los epígrafes son justas, los poemas están escritos con oficio, el conocimiento sobre poesía y literatura y estudios culturales y teoría y filosofía y música y cultura popular que los poemas citan o mencionan es tan extenso como bien documentado, y encaja con naturalidad en los diálogos o reflexiones en que Sánchez Prado los organiza. Asimismo, las vistas de la ciudad de México y de algunos paisajes estadounidenses son perceptivos y acertados, y la parábola narrativa de las cuitas de un personaje que lee, tiene insomnios, se enamora, pasa de la secundaria a la prepa y de ahí a la uni para proseguir su recorrido en los cámpuses estadounidenses, está ensamblada con hábil naturalidad y bonhomía. Y sin embargo, dicho todo esto, la mayoría de los poemas que forman este conjunto están, o bien sobregasificados de sentimentalidad y o bien indigestos de información. Esto no quiere decir que el libro sea malo. Es más, tiene poemas espléndidos. Pero al conjunto le sobran muchas cosas. Es precisamente la brillantez de este manojo de poemas lo que hace que desluzca, o que se le noten las deficiencias, o que se vea con claridad el cobre en el manejo de sus elementos, sean estos inmaduros o culteranos. Muestra la diferencia que hay entre un poemario y un libro de poemas. Un poemario tolera o auspicia la escritura innecesaria. Los poemarios tienen esta condición de cosa a la vez correcta e insatisfactoria. Quizás por eso el término se usa tanto. Un libro de poemas es indispensable. Ahora bien, los poemas que están logrados son de verdad sobresalientes, escritos con maestría, fijos en el flujo de emocionalidad e ironía que manejan, sin derramarse hacia ninguno de sus lados. Escapan tanto a la autoconmiseración cuasi adolescente como al empacho académico, haciendo sin embargo uso de estas virtudes o debilidades (según desde dónde se vean) del autor. Elogio de la brevedad es un poema que logra contar una historia de amor con ternura, incorporando con delicadeza y precisión al otro. En este poema nos acercamos, reconocemos y queremos a los personajes. Todo ello, por supuesto, no debido a las virtudes histriónicas del autor, ni del personaje, o sí, si nos estamos refiriendo al hábil uso de las palabras con las que construye este pequeño medallón amoroso. Vemos literalmente el abrazo en que se funden una chica menuda y un torpe grandulón, y eso se logra con un mínimo gesto maestro, sintético y expansivo, al incorporar o crear la voz de ella, que le dice: “Esta soy toda yo me dijiste, viendo hacia arriba, cuando te quitaste los zapatos.” En la brevedad de la chica (“el medio metro que separa tu estatura”) frente al volumen de quien habla, el poema incorpora también los topos quevedianos de la brevedad de la vida, de la brevedad del encuentro, de la fragilidad de los contactos humanos. Sólo con este poema Sánchez Prado demuestra los alcances a los que es capaz de llegar. En esa misma frecuencia, los poemas urbanos, en donde su paisaje invade la percepción y ocupa todos los cables o canales, son un recorrido observador y gozoso por las plazas suburbiales de los Estados Unidos. Walnut Street recorre afirmativamente y disfrutándolo, lo que él llama “el capitalismo menor”, un espacio de tiendas de marca y restaurantes hechizos en los que también se puede vivir. Lost in translation, otro poema de encuentro, tiene versos como “hablarte es habitar pequeñas patrias en una extranjería infinita”, que a la vez que acercan una intimidad, se abren a reverberaciones no tanto enfáticas como precisas sobre el lenguaje, la comunicación, el poema. Es aquí, y no en las demostraciones, donde los poemas de Sánchez Prado son efectivos y sabios.


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enero 2009

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