enero 2009 / Reseñas

No.022_Al sesgo de su vuelo

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portada-sesgo.jpgAl sesgo de su vuelo
José María Espinasa, Ediciones Sin Nombre, 2009 

Por Daniel Bencomo

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Dos versos de Rainer Maria Rilke brillan casi al inicio de sus Elegías Duinenses: “Denn das Schöne ist nichts / als des Schrecklichen Anfang, den wir noch grade ertragen”: Pues lo bello no es más / que el principio de lo terrible que aún soportamos. Versos plenos de paradoja, nos disponen ante la instauración de la presencia, en ese límite donde se funden la belleza y el vacío, el grito y el silencio, el brillo y la oscuridad.

No me equivoco al afirmar que Al sesgo de su vuelo, de José María Espinasa, está escrito en la intuición de tal frontera y  busca llevar al lector a ese instante donde hace un giro la percepción de lo que existe; uno queda ante las cosas y los seres vivos en otro plano de vuelo.

Los poemas que se incluyen en Al sesgo de su vuelo se caracterizan por su brevedad, su ironía y por esa clara raíz paradojal de la que se nutren. Ponen en marcha al poemario con motivos que comparten un rasgo particular: seres que asombran por lo inasible de su presencia, río que nunca es el mismo río; Van Gogh, una adolescente, el actor de teatro, el búho, el murciélago. Aquellos desterrados de la arcadia de la belleza que sin embargo abren paralajes en nuestra mirada que a la vez es la suya propia: “El murciélago no es sólo una contradicción estética,/ es una paradoja física:/ al vuelo le está vedada la fealdad.”

La fractura de la veda se abre en la paradoja, en la potencia del vuelo, desde que palabra y poema abren un sesgo a la contemplación.

Dividido en cuatro secciones –de las cuales las tres últimas pueden considerarse unidades poéticas o poemas-, el libro discurre entre los seres mencionados mientras se abre ante nosotros lo complejo de sus formas. En Partículas elementales, sección inicial, Espinasa se pregunta sobre la capacidad de nombrar a partir de una posible palabra precisa, una obra, un momento, un personaje. Esto se hace evidente en el primer poema, Los zapatos de Van Gogh, que propone un cambio ortográfico ya que altera y contiene la posibilidad de una imagen: no se habla de una de sus obras, El zapato, sino en efecto, de zuz sapatos. Pareciera que la palabra es capaz de someter una fijeza a lo existente, sin embargo, la última línea del mismo poema precisa “Van Gogh en cambio / se escribe como quieras”, con lo cual quedan establecidos los referentes del autor: dialogar con aquellos seres que escapan al rotundo nominalismo, encontrar sus filos y renglones oscuros, sus batallas elípticas al anunciarse en una belleza terrible que no es la perfección canónica.

La mirada, el oído afinado, la fuerza de la voz que calla antes que enunciar, son estandartes de una sensibilia que busca más allá, que se pretende más que un mero portavoz de lo mediano y que aspira, no ya a compartir, sino al menos sostener ese sesgo en el cual las categorías de la percepción se derrumban: ahí y sólo ahí, florecerá la presencia entre la soledad del búho, la desproporción de la fealdad, la asfixia del actor que no puede decir pues no recuerda. El búho y su vista exacerbada lo confirman: “Abre más sus ojos/ sorprendido el búho/ de que no te deslumbre.”

La mirada que hurga aquellas infinitas sílabas contiene en sí la potestad del milagro que trasciende la fácil contemplación estética, y hurga en el amor, principio al fin de aquello que Rilke intuyó como terrible. El murciélago entonces, jinete del relámpago, animal carente de plumas, despojado de ellas por el canon, entiende del amor como milagro de la vida que es, al mismo tiempo, heraldo de la muerte de todas las presencias finitas como la del búho, la del hombre, la de la palabra misma: la ironía es la vida que celebra —por cierto— la muerte de la palabra.

El tono poético es sostenido a lo largo del libro y se construye en el diálogo intertextual entre página y página; confirma o cuestiona así cada una de las afirmaciones anteriores del verso, dando con ello una brillantez dialéctica a las secciones-poema. Sin estridencias formales, Espinasa da cuenta de una voz madura y lograda, conocedora y cómplice en todo momento de sus recursos, que apuesta por la concisión y la  pulcritud antes que el fárrago o la letanía, tan recurrentes en nuestro medio y que, en muchas ocasiones, poca o nula revelación incorporan. Lo original de esta búsqueda consiste en afirmarse desde sí misma, en dialogar de tú a tú con aquello a lo que pretende enfrentarse o afinar, y encontrar ahí su veta propia, al recurrir a motivos plenamente occidentales, sin temor a abordarlos desde la concreción, la paradoja y por supuesto, la ironía —registros que son tangentes en más de una ocasión a lo oriental—. El ingrediente irónico se cataliza en el último poema y es a la vez testamento y culmen del libro, en el cual, desde el vuelo rapaz del zopilote, entendemos que la voz poética duda de lo dicho, que no afirma ni sentencia, y que sí, en cambio, nos comparte la verdad de lo incierto que no acepta certidumbres o destierros; entiende con claridad su finitud y su posibilidad de diluirse o ser objeto de rapiña. He ahí que, parafraseando al poeta alemán, lo terrible es el principio de lo bello que no podremos y quizá no deseamos, soportar.

Con Al sesgo de su vuelo, José María Espinasa reafirma y continúa su propuesta peculiar y distintiva en el horizonte de la poesía mexicana.


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