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/fuga/ Medraba el rumor de un asalto. Pero la perfección es muerte. Acaso ayer. Entre los pliegues y un arma I. Doblado el brazo, el arma a las espaldas, inseparable de esta casa —que es mi dolencia— llevo lo que queda / lo que se va / lo que se entume hasta la alta cima Durante cierto aroma a ráfaga entreveo la Belleza: —pólvora sangre hedor de vísceras— Un cuerpo infante / un infante II. Mi madre entraba a la cocina, en busca siempre del comino, una pierna de cerdo esplendía entre el estanque dorado del vinagre, entre comisura y comisura esta mujer (pecho, amor y leche tierna) susurraba una frase:
—“La guerra nace del hambre. No importa de qué. La guerra
nace del hambre. No importa de qué. La guerra.”
Mientras yo recorría con la mirada los pliegues de su falda y en las calles dormitaba una ciudad —presagio de la furia— sumida en el asalto de una líquida modernidad donde todo se figura y nada toma forma. III.
Un cuerpo son cien cuerpos / cien cuerpos son un cuerpo / tiento.
Andar así, desprotegido —el arma balanceándose no sirve de nada ante la bomba— ocupado en formar la dimensión, los límites de un acecho / asedio. Preguntarse cada mañana cuántas balas, cuántos muertos, qué motivo, cuándo ser el perseguidor, cuándo el vencido, cuándo ir a la ofensiva, cuándo el agón, hacia dónde el ímpetu combativo, cuándo el exterminio, cuándo deponer las armas, cuándo el armisticio, cuándo el olvido. IV. Mi madre, sus silencios. Sentada en el patio delantero de la casa, el sol de invierno quemando sus mejillas. Callada. Los pasos rápidos de mi padre, buscando por los cuartos lo mínimo: su arma (Browning HP-35. Trece tiros) antes de salir. Callada. El soldado que vino a preguntar cuántos hombres vivían en casa. Callada. El día en que partimos, su hijo menor y yo, hacia el cuartel. Callada. La muerte de mi hermano a manos de un francotirador. Callada. Su propia muerte, callada.
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