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Por Víctor Cabrera
Si, como suele afirmarse, una literatura es el reflejo de la lengua que la
genera, en la poesía de Colombia se hace visible el tono pausado y cordial
de sus hablantes, la curva melódica, andina y caribeña, en la
que incluso la maldición y la injuria cobran cierto aire de dulzura. Nada
en ella parece desaforado, nada ahí se sale del cauce que la tradición,
con José Asunción Silva como padre fundador y canónico
y sucesivos estafetarios del calibre de Aurelio Arturo, Álvaro Mutis
o Juan Manuel Roca, ha ido ensanchando durante el último siglo.
Hace un par de años, en el prólogo a su antología de
la poesía peruana actual, publicada también por la UNAM, el poeta
Julio Trujillo, al plantear a vuelapluma una tipología, digamos general,
de las poesías hispanoamericanas, lo decía de la siguiente manera: “El
[poeta] colombiano se regodea, elegante, en los terrenos ya conquistados”.
Elegancia: la colombiana es una poesía que, lejos de renunciar al prestigio
verbal que se ha labrado pacientemente, parece refrendarlo generación
tras generación. Vestida de dandy en el banquete de la lírica
en lengua española, la colombiana, conscientemente, rehúye el
estruendo provocador que otras invitadas procuran. El estruendo, sí,
pero también el desfiguro, lo que hace levantar cejas y sospechas a
más de uno.
Se le acusa de tradicional, continuista y poco arriesgada. De eso y más:
se le lee como un monolito sin fracturas notables ni grandes accidentes
y, velada o abiertamente, se le acusa de traidora al reprocharle su aire de
familia con la poesía española del último siglo antes
que con ninguna de las vanguardias latinoamericanas del período. En
una época ya no postvanguardista sino postapocalíptica, en la
que la confianza tantas veces excesiva en la interdisciplina, la intertertextualidad
o la internet ha producido lo mismo algunas de las obras más interesantes
de los últimos años que muchas de sus burdas imitaciones, el
apego a ciertas formas y estilos “clasicistas”, la “corrección” lingüística
y retórica, el cultivo de un tono medio sin grandes exabruptos, la correcta
asimilación de la propia tradición son injustamente observadas
como “virtudes negativas” por quienes lanzan encendidas diatribas
contra lo que se rehúsa al uniforme de lo ultracontemporáneo.
El propio Federico Díaz-Granados, uno de los poetas colombianos más
notables de la generación de los 70 y autor de la selección que
hoy nos ocupa, lo explica de esta manera en el texto introductorio de este
número especial de la revista Punto de partida:
“Se puede notar en la gran mayoría de los incluidos en este
panorama una profunda preocupación por el lenguaje, la configuración
de la imagen y la reinscripción en tonos o formas clásicas [tonos
y formas que, entre paréntesis, la poesía colombiana nunca ha
abandonado del todo][…] Se puede observar en esta muestra las características
de una promoción que busca respuestas en la tradición poética
y presenta menos intenciones rupturistas o neovanguardistas, consiguiendo con
esto una poesía cuidadosa de la unión entre forma y sentido.
Es curioso que los jóvenes poetas colombianos mantengan un talante tradicional
en su poética. Poco de malabarismos vanguardistas o propuestas vertiginosas
e irreverentes se ven en esta poesía, y sí mucho de trabajo riguroso
con el idioma y de la delimitación de mundos personales desde la emoción
y la reflexión.”
Incluso en sus momentos más aventurados y experimentales (pienso en
los johnes de la muestra, Junieles y Galán Casanova) las voces
reunidas en este ejemplar se ciñen a tales postulados. Experimentales
más en el discurso que en la forma, los poetas que conforman esta selección
evidencian su desencanto ante la inasibilidad del mundo y de sus cosas, un
tenue aire de resignación en una era que no atiende más plegarias,
en la que se despide de casa a los amigos para procurarse el placer solitario
de la propia compañía o en la cual, como en los caracteres faltantes
de los poemas de John Galán Casanova, “lo importante es no perder
el vacío” desde el que se canta, el desierto que, en un poema
de Andrea Cote Botero, “transcurre bellamente sin nosotros.”
Como la gran mayoría de los poetas hispanoamericanos de su generación,
estos colombianos vacían en sus propios moldes la desilusión
salpicada de ironía con la que acuden, desde la imposibilidad del lenguaje
para aprehender la realidad, al descubrimiento de un orbe parejo en el que “todas
las ciudades son fachadas” y en el que, para decirlo con las palabras
de Felipe Martínez Pinzón, cada quien habrá de “completar
el palacio a partir de sus ruinas”.
Radicales, porque han hecho de su legado la base firme de sus respectivas
propuestas, los doce poetas reunidos en este ejemplar han sabido asimilar la
lección de sus antecesores para, sin la necesidad, muchas veces impostada,
de consumar traiciones o parricidios, plantear la posibilidad de nuevas recetas
con los mismos ingredientes. Metáfora ejemplar, porque funciona como
una profecía a posteriori de lo que hasta aquí se ha
venido diciendo, la de Giovanny Gómez, poeta incluido en la selección: “el árbol
hizo de su copa las raíces”.
Como toda muestra, ésta es parcial y, según los gustos y criterios
de cada lector, dispareja. No se trata de un reclamo: sería mezquino
exigir de la brújula también la travesía; lo sería
tanto como la exclusión de voces jóvenes, aun en búsqueda
y formación, en beneficio de otras más sólida y visiblemente
afincadas en sus respectivas poéticas, en algo que no quiere ser una
antología sino una panorámica tan sucinta como la que pueden
permitir las páginas de una revista. A fin de cuentas no es poca cosa
asumir el riesgo y el compromiso de mostrar los distintos derroteros por los
que el lector curioso puede explorar a partir, eso sí, de una selección
absolutamente personal.
“No se habita un país, se habita una lengua. Una patria es eso
y nada más”, escribió Émil Cioran a propósito
de esa nación sucesoria que significó para él el idioma
francés. Paradójicos, estos doce colombianos han hecho de su
poesía una patria menos convulsa, más apacible, que esa otra
por la que transitan diariamente. Un refugio seguro para el alma.
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