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El síndrome de Tourette
Christian Peña
Cuadrivio, 2ª edición, México, 2015.

Por Alberto Cortés
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No. 103 / Octubre 2017



Al final, el lenguaje se desnuda. Existe una incapacidad para adornar el desenlace y se regresa al estado natural, en el que lo sabido-intuido se expresa con barbarismo. ¿Al final de qué? Imposible precisarlo, así como cuando se dice que “En el principio fue el verbo”, y Christian Peña, en la primera parte de El síndrome de Tourette, concluye preguntándose “Por qué empecé diciendo: En el principio. / Si no sé en qué principio era, ni de qué hablaba”.

La relación vida-muerte es el eje principal de este libro con aire de ensayo, dividido en tres estaciones. En la primera de ellas, se hace referencia al inicio de la vida/humanidad por medio de un desquiciado diálogo a varias voces, en el que una asegura sufrir de tics compulsivos, necesidad de repetir las palabras o los actos de los demás y de “pronunciar de una manera involuntaria o compulsiva maldiciones y obscenidades”. Pero esto, que podría encajar con el síndrome descrito por George Gilles de la Tourette, no es sino el elemento primitivo que habita en lo más hondo de la inconsciencia. “Todos tenemos Tourette”, se afirma. Todos nacemos en esa condición caótica, porque todo inicia con el caos. Pero lo que no todos podemos es ordenar ese caos (lo cual no representa dejarlo atrás). “Lo que yo tengo puede ser usado creativamente (…) lo que yo tengo puede olvidarse, pero no sanar”.

Al respecto, el escritor portugués Herberto Helder coincide al expresar que lo que alcanzamos a percibir del universo es un caos. Basta encender un cerillo en la oscuridad para notar que todo gana un volumen imposible: “nuestra vida, la vida entera, está allí… como un acontecimiento excesivo”, el cual es necesario organizar. Para eso sirve el estilo. “El estilo es un modo sutil de transferir la confusión y violencia de la vida para el plano mental de una unidad de significación”, expresa Helder en Os Passos em Volta. Y así como en el poema de Peña alguien se imagina que, cuando enfermos, “somos un griterío de personas a un mismo tiempo”, Helder agrega que esos gritos
signo de locura son proferidos por quienes no han encontrado su estilo. Unos lo hallan en la música, en las matemáticas o en la apreciación de la belleza de las flores. Otros en contar historias y en la poesía.

Y, si bien al nacer estamos desprovistos de estilo, en la muerte
aun siendo solo testigo de ella parece ocurrir lo mismo, lo cual es lógico, ya que todo nace con la muerte. “La muerte de una estrella es ese día en que morirá tu madre (…) La muerte de una estrella es lo único que atinas a decir sobre tu madre (…) quisieras decir algo hermoso, pero no puedes. / Nació contigo la pérdida y olvidaste el corazón en su vientre y ella late por los dos”, lamenta Peña en la tercera estación de su libro, “Agujero negro”, en la que el fenómeno físico es llevado a niveles particulares para evidenciar que estamos en constante e imposible escape de la muerte: todo es una estrella y de su muerte nace un agujero negro, el cual arrastra todo hacia su vacío y, nosotros, desde el borde el horizonte de sucesos estamos en una constante lucha por encontrar el estilo que sosiegue la original condición touretttesiana.