Entrevistas

No. 108 / Abril 2018

Entrevista

“La poesía es un machete ético y estético”
Entrevista con Balam Rodrigo


David Anuar


Balam Rodrigo visita Mérida en el marco de la FILEY 2018, donde impartió durante tres días un taller de poesía y presentó dos de sus libros últimos: Colibrije, obra merecedora del premio José Emilio Pacheco 2016, y Marabunta, Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2017. Balam, poeta chiapaneco nacido en Villa de Comaltitlán, es autor de una veintena de libros de poesía, y su más reciente galardón es el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2018 por su obra Libro centroamericano de los muertos.
 
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Recientemente, Armando Salgado te hizo una excelente entrevista que fue publicada el 12 de marzo en La Gualdra (suplemento cultural de La Jornada de Zacatecas) en el número 330. Trataré, en lo posible, de explorar otros meandros, a la vez que haré referencia a esa entrevista para profundizar o retomar algunas de tus palabras. Bueno, Balam, como poetas conocemos la importancia del nombrar, en este sentido, tu nombre no es “común”, ¿qué me puedes decir al respecto, hay alguna historia detrás de él?

Hay una historia muy particular. Mi nombre tiene que ver, además de que tuve una bisabuela maya, con el hecho de que mi padre y mi madre fueron lectores, de pocos libros –me aclara–, y entre esos pocos estaba el Popol Vuh. Mi padre decidió ponerme entonces Balam por el primer hombre de maíz, Balam Quitzé. De hecho, ese iba a ser mi nombre. Es un nombre maya, muy del sur, muy centroamericano también, hay que recordar que la influencia de la cultura maya no es solo en la península, sino que va desde Chiapas hasta Honduras. Lo curioso está en que mi madre dijo “momento, por qué se va a llamar Balam Quitzé, si yo también quiero colaborar con uno de los nombres de este chamaco.” Entonces, mi madre, ella me dijo así, que desde niña, en tercero o cuarto de primaria, leyó el Poema del Mío Cid, y se enamoró del Cid campeador, Rodrigo Díaz de Vivar. Ella entonces se prometió que cuando tuviese a su primer hijo varón le iba a poner de nombre Rodrigo. Mis dos nombres propios y que utilizo como escritor, están marcados por lo literario. Entre las confusiones que ha generado mi nombre, además de que soy creyente cristiano evangélico, es que algunos hermanos me decían Balaam, como el de la Biblia, y pues yo les decía que no soy de Beor ni hablo como burro, entonces mi nombre no es hebreo, ni arameo o sumerio, es maya. Lo otro es que muchos me dicen Rodrigo Balam, porque piensan que es mi apellido, sobre todo porque aquí en la península es un apellido común, pero no, es mi nombre. Esa es la historia, no puedo decir que estuviese marcado o signado para la escritura, pero sí al menos acuerpado por un nombre literario.


Recuerdo que en algunas charlas anteriores que hemos tenido, me has contado que te dedicas a la escritura de tiempo completo. ¿Cómo le haces?

Creérsela y proponérsela. Soy un hombre de fe. Recuerdo que cuando comencé esto decidí dejar la academia por un lado, y tampoco seguir una carrera de orden religioso, un pastorado. Me dije, “si he podido vivir o sobrevivir con los otros oficios que he ejercido, por qué no habría de ser la escritura uno de esos oficios.” Me propuse hacerlo de una manera disciplinada y que muchas de las cosas que yo hiciera como trabajo estuvieran relacionadas con la escritura. Trabajo como loco todo el tiempo y me estoy inventando cosas, imparto talleres, hago corrección de estilo… Otra cosa que ha sucedido es que mis libros han tenido la bendición de recibir premios y eso me ha dado dinero que me permite comprar tiempo para prolongar este sueño. Pero eso sí, no me quedo en la hamaca de los premios ni a ser mecido por los vientos de la fama, porque me parecen accesorios e inútiles. Siempre me estoy reinventando. Mi último libro es el que no he escrito y el que voy a escribir, y son varios y no solo de un género. Entonces siempre estoy buscando la manera de sobrevivir y mantener a mi familia a través de este oficio que, además, me parece muy noble, aunque es muy complicado desde la poesía. Ahora, por ejemplo, tuve mi reingreso al Sistema Nacional de Creadores, que es una manera de vivir decorosamente. Hay que reconocer que entre las obligaciones del Estado está el dar apoyos a la cultura. El gobierno no me mantiene y menos me da nada, simplemente yo apelo al derecho que tengo de participar y en caso de ser seleccionado, pues cumplir ética y cabalmente. Lo que a veces sucede es que el mismo creador le exige a los políticos y él mismo no se ve en el espejo, pues no cumple con lo que promete, entonces está peor que un político, pues se supone que somos parte de esa aparente conciencia, la intelectualidad y el pensamiento crítico, y a veces eso no sucede.


Sabemos que todo oficio requiere de pericia técnica, de tiempo, de disciplina, ¿cómo es tu proceso de escritura?, ¿cómo da a luz Balam Rodrigo a sus libros?

Van surgiendo ideas de libros que quiero escribir, que no he podido escribir y otros que voy escribiendo poco a poco. En promedio, una idea, si podemos ponerle números, puede durar 1 ó 2 años para que se geste, y hasta 10 años para que madure y logre escribirla. Soy muy obsesivo con el trabajo. Voy trabajando entre 4 ó 5 ideas de libros a la vez, que no siempre terminan o culminan, pero de esas al menos 3 las voy trabajando mentalmente. Leo, investigo sobre los temas, releo autores, y por disparatado que suene, escribo todo a mano, hago notas en libretas y voy dándole forma al libro. Me ha sucedido, por ejemplo, con Braille para sordos [2013], que fue uno de los primeros libros que yo quise escribir combinando fotografía y poesía, pero cuando tuve la idea no tenía los arrestos técnicos ni creativos para lograrlo, no era el momento. Después, cuando sentí e intuí que era el momento tras haber visto arte y documentarme y tener notas y todo un bagaje interno, me llegó un golpe obsesivo de trabajo y el libro salió en menos 10 días, trabajando día y noche. Así es como trabajo, cuando llega el momento necesito, debo escribirlo, me pongo a trabajar y a veces no duermo durante 3 o 4 días. En los últimos libros que he escrito de ese modo están Braille para sordos, y el Libro centroamericano de los muertos [2018], lo hice en 9 días, pero estuve como dos semanas sin casi dormir, muy malhumorado con la familia, y eso sí, fue el primer libro que pude escribir con el ruido de mis hijos jugando por todos lados. Muchos necesitan como cierta música y esos clichés, la verdad es que todo lo hago en mi ámbito familiar o doméstico, escribo en la casa, en la mesa, cuando estoy comiendo, o en el estudio. Ahora estoy trabajando 5 libros que estoy pergeñando, dos de ensayo a la par que estoy reescribiendo otros 3. Eso sí, yo creo que he escrito libros muy malos y decido publicarlos, porque tengo el descaro de hacerlo, pero me sirven para saber lo que ya no quiero hacer o para darle un punto final y cerrar un capítulo creativo.


Recuerdo que Jaime Sabines decía que antes de ser poetas había que aprender a ser humanos, en este sentido, ¿cuáles son los otros oficios que han forjado ese lado humano de Balam Rodrigo?

Hace unos años una escritora de Polonia me pidió algunos poemas para traducirlos con sus alumnos. Entre las cosas que me preguntaba, le interesaba saber qué oficios había ejercido. Hice un listado muy grande y ahí pude darme cuenta de todos los oficios que había tenido. El primero, y que ejercía con mi padre, fue el de vendedor ambulante, comerciante callejero, de ambos lados de la frontera. Ese oficio me gusta mucho, siempre he sido comerciante de un modo u otro. También trabajé haciendo censo en el llamado Tortibono de la CONASUPO, iba por las colonias repartiendo tarjetas y censando. Fui escribano de un militar en San Cristóbal, gracias a un tío que tenía muy mala ortografía y me pidió que yo lo sustituyera. Con mi familia tuvimos una fonda, ahí fui mesero y tortero. En la calle, junto a mis hermanos, vendíamos pollo, fruta, coco, galletas en paquetitos. En la Ciudad de México ejercí muchos más oficios, seguí vendiendo en la calle, fui pintor de brocha gorda en las casas, velador, lavaplatos, cocinero de mariscos, y aprovechando los constantes viajes a Chiapas, llevábamos y vendíamos ropa de segunda, americana. También en la Ciudad de México vendí queso, café, artesanías, lupas y libros en la Facultad de Ciencias. Trabajé en un programa de televisión como asesor, fui colector científico, profesor universitario en la UNAM, y también en preparatoria y secundaria. Otra cosa que hice fue contestar teléfonos en los programas de televisión, igual en telefonía. Fui jugador profesional de futbol en Chiapas y en Pumas. También fui predicador. Ahora he estado metido en otros oficios como revisor técnico de libros, editor, cuidador de colecciones de poesía, tallerista. Y seguro se me escapan algunos oficios, pero mira que no tendría empacho en ejercerlos de nuevo, ahora hasta vendo mis libros de poesía, a veces, cuando se deja.



Ahora hablabas un poco sobre la frontera y tus experiencias como comerciante desde niño. Sabemos que la poesía es un fenómeno universal, pero al mismo tiempo localizado geográfica y temporalmente, al leer tu obra me ha parecido percibir un posicionamiento, un lugar de escritura muy propio, ¿desde dónde escribe Balam Rodrigo?

Cuando yo comencé a escribir poesía se debió a una necesidad de saber cuál era mi lugar en el mundo en términos identitarios. Me di cuenta de que los chiapanecos, no porque seamos especiales ni mucho menos, pertenecíamos a otra latitud dentro de ese cliché que es la mexicanidad. Me di cuenta que no era mexicano como los otros del centro o el norte del país. Y gracias a mi padre, que fue un gran centroamericano porque fue un gran chiapaneco, adquirí conciencia de eso, porque él nos platicaba cómo fue discriminado cuando era niño en la Ciudad de México por ser del sur. Eso me hizo darme cuenta cuál era mi lugar identitario en el mundo. Entonces, me dije, tengo que encontrar un modo, una manera de reivindicar mi centroamericaneidad, mi sureñidad y mi ser como chiapaneco. Eso lo encontré en la escritura. Particularmente en la poesía, porque ahí encontré la libertad de poder escribir muy cercano a la forma de hablar del Soconusco, y de transformar esa forma de ser y de vivir en un estado de conciencia poético, escritural y proyectarlo en la página. Cuál fue mi sorpresa… que algunas de las primeras personas que leyeron mis textos, incluidos algunos jurados, pensaron que yo tenía una influencia neobarrosa de Sudamérica, pero no, en realidad estaba reflejando las formas del habla del Soconusco. Todo ese bagaje que yo adquirí en la niñez, esas experiencias fronterizas, esos límites creados, me han permitido ahora posicionar, como decís, una geopoética en términos de lenguaje. Y la globalización ha venido a exacerbar los ánimos locales, lo que ahora se ha llamado la glocalidad. Yo me di cuenta de que podía sacar mucho más de la escritura si yo lo hacía tal como yo era cuando hablaba, para ser honesto y consecuente conmigo mismo. Y esto no para verlo como algo regional o provinciano, la idea era sacarlo de ahí y atender a lo universal, entonces eso me llevó a los estados de conciencia de lenguaje fronterizo, para lograr un maridaje en términos poéticos. Cada vez más, mi escritura, al menos en la trilogía de libros reciente que estoy acabando de escribir [Marabunta, Libro centroamericano de los muertos y un libro de ensayo que está en proceso de escritura], también hay un posicionamiento ético, si primero yo estaba tan metido en el logismo y en reflejar ese estado del lenguaje, después quise reflejar ese estado de inconformidad y manifestar mi queja, mi pesadumbre, mi decepción ante la infamia, ante la injusticia social, pero que primero fuese poesía, literatura. Y bueno, ahí están esos libros de carácter testimonial y documental que creo yo tan necesarios.


Este posicionamiento geopoético, en un primer momento estético, también te ha llevado a un posicionamiento ético, frente a algo que le decías a Armando Salgado en una entrevista reciente, que te había tocado hacer poesía con las sílabas del horror, haciendo referencia a tu trilogía centroamericana. Sin embargo, también me parece que en tu poesía es posible identificar otras sílabas como el silencio o Dios como en Iceberg negro [2015] o Colibrije [2016]. A tu parecer, ¿qué otras sílabas hay en la poesía de Balam Rodrigo, y si es posible establecer etapas en ese silabario?

Sí. Podría agregar algunas sílabas. Primero la de una erótica vegetal, que es posible advertir en mis primeros libros y su relación con el fasto vegetal. El paisaje y los escenarios naturales de Chiapas, los ríos, la selva, la ceiba, los sabinos. Además, estudié bilogía y me enfoqué en botánica, lo cual amplió mi horizonte, al darme una visión científica del mundo natural. Otra sílaba es el mar, que tiene todas mis admiraciones y que encierra muchas interrogantes. Como soconusquense, además nos llaman costeños o mareños, hay una forma de ver el mundo desde el mar. Hay muchas sílabas de mar, muchas sílabas de arena en mi poesía, desde Poemas de mar amaranto [2005] hasta la reunión de buena parte de mi poesía sobre este tema que es Libro de sal [2013]. En los intersticios de todos mis libros aparece mi vinculo personal con Dios, el Dios del cristianismo, con Jehová, cuya culminación aparece en Iceberg negro [2015], que es un libro de un atribulado deslumbramiento de mi relación con Dios y también una lucha feroz porque dejé la ciencia por un lado, pero también el trabajo teológico, pastoral. En ese libro escribí sobre esas tribulaciones, y sobre todo ese silencio, que siendo de un lugar tropical, Iceberg negro es una interrogación muy nórdica, del hombre frente a la página en blanco, ese congelamiento, el hombre frente a un iceberg, un témpano, uno puede ver a Dios, ahí, en la inmensidad. Y el silencio como esa blancura permanente, esa inédita página de Dios tan gigante. Otras sílabas son la exploración de la fotografía y el arte plástico. Por ejemplo, en la tercera parte de Libelo de varia necrología [2008], en Braille para sordos [2013], o en Sobras reunidas [2016]. He tratado de ir cambiando y de responder a muchas preguntas con otras interrogantes. Estas son varias de las maneras o derroteros en los que me he metido.


Quizá yo agregaría una sílaba más a tu silabario. Me parece que en Sobras reunidas [2016] hay unas sílabas de un Balam que deseamos ver más, un Balam irónico, mordaz, que muerde a los poetas. Pasemos a otras cosas, recientemente, en una entrevista que te hizo Elio Enríquez para un diario de Chiapas, te preguntaba qué era para ti la poesía, y respondiste que un “machetazo de maravilla”, ¿qué es la poesía para Balam Rodrigo?

Para mí la poesía es un machete ético y estético, necesario para decapitar la estupidez, la infamia, la cabeza anestesiada de la banalidad, de la escritura sentimentaloide. Creo que aquellos poetas que somos del sur de México y de Centroamérica tenemos un vínculo muy orgánico con el machete. Yo de niño y aún hasta hace poco así limpiaba el patio. El machete para nosotros, no creo yo que estemos hechos de pluma y espada, eso se me haría muy burgués y occidental, sino de machete y maleza. Me atrevo a decir que mucho del ritmo de la poesía centroamericana y del sur de México se debe al ritmo con el que se limpia usando el machete, ese taaaz, taaaz, en el monte, en la selva, uno puede escuchar ese sonido rítmico y armónico. Muchos de los poetas centroamericanos y del sur de México, que técnicamente podrían acusarse de imperfección, tenemos ese ritmo. Con el machete desbrozamos la selva, limpiamos el lugar donde vamos a pasar un rato en el campo, para iniciar una guerrilla, para pelear, para defendernos, pero también le sacamos punta a nuestro lápiz. Yo intento, en mucho, que mi poesía sea un machetazo con la lengua, la lengua como un machete de dos filos que pueda decapitar la anestesiada estupidez. También un poco pretendo cambiar la figura del machete cargada de violencia por este otro machete poético para desbrozar la maleza de la injusticia y de ahí creo yo mucho de la poesía testimonial o social que me he propuesto escribir últimamente. Y entre esas se encuentra la poesía de Sobras reunidas, ahí están los machetazos que intento asestarle al mundillo literario de los poetas que me parece tan banal, tan aburrido, tan megalómano, ¿no? Entonces lo que me gustaría hacer con esa fauna nociva es desbrozarla un poco, sobre todo los que tienen esas maneras tan reprobables de actuar frente a los demás, desde el aparente poder, casi como dictadores, que les hace sentir una superioridad intelectual frente a la persona común y corriente. Para ellos sí levanto mi machete más ácido por la vía del humor, la coloquialidad, la ironía del sur y Centroamérica.


Hemos hablado de la maravilla que intentas usar para despertar a los adormilados, para iluminar conciencias, pero también creo que podemos hablar de otro tipo de maravilla. Creo que frente a la banalidad de nuestro mundo contemporáneo, un elemento sustancial y consustancial de la poesía debe ser, precisamente, la maravilla. ¿Cuándo nació en Balam la maravilla de la poesía?, ¿cómo fue tu primer contacto con ella?

Le debo mucho a las historias que me contaba mi padre. Él era un gran conversador. El vendía en la calle desde los 4 años, y entonces él iba recogiendo historias. Una de las cosas que yo recuerdo de mi más profunda infancia es él contándonos historias de mi abuelo, de espantos, de mitos, de leyendas del pueblo de Chiapas. Él inventaba cuentos e historias, era una forma de educarnos. La oralidad en la gente del sur es primordial. En mi familia es tan importante lo que vivimos como lo que soñamos, entonces cuando nos vemos platicamos sí de la vida cotidiana pero sobre todo de lo que soñamos. Platicar de los sueños es una cosa que siempre me maravilló, el lenguaje encantatorio que tienen, lo que Octavio Paz dice, la poesía debe cantar y contar. Luego, con el tiempo, otra de las vías de maravilla que encontré fue la lectura de la Biblia, sus historias y poesía profunda. Sumando a lo anterior, en mi pueblo hay una danza de los moros y los cristianos, los chavaricos, y que son danzas verbales. El Cantar de Roldán y los Doce pares de Francia son romances en octosílabos cantados por los danzantes. Ahí estaba escuchando yo poesía en estado primigenio, ahí comencé a educar la musicalidad del oído. También de niño me enfermaba mucho y entonces me la pasaba leyendo, mis padres me incentivaron, y aunque no había muchos libros en mi casa, ellos me compraron la Enciclopedia de Readers Digest, y yo me la leí toda, como cinco veces, ahí un poco inició mi encantamiento por el lenguaje. Pero yo creo que todo comenzó con la oralidad, las leyendas, los cuentos, y también escuchar las oraciones, los ensalmos, los rezos, aunque yo no soy católico, pues íbamos a velorios, a los rezos, salíamos a pedir conserva en el día de muertos.


Sin lectores no hay literatura, y sin quien escuche no hay oralidad. Digo, uno mismo puede ser su propia escucha o lector. Entonces, para cerrar esta charla, yo quisiera que me contaras la experiencia o anécdota más entrañable con uno de tus lectores.

Hay varias, pero la que quiero contar es la del poeta José Luis Amparo, que es nayarita y escribe una poesía lírica muy poderosa. Él dejó mucho tiempo de escribir. Cuando lo conocí me platicó lo que ahora voy a relatar. Él es médico, se casó, y a su esposa no le gustaba mucho la poesía ni los poetas. Un poco lo obligó a dejar ese mundo. Después de que sus hijos se fueron a la universidad y terminó de criarlos, se divorció, y se fue a poner un dispensario médico a Sonora, por ciudad Obregón en un lugar llamado Cócorit. Ahí conoció a una muchacha joven, se enamoró de ella, y ese cambio hizo que volviera a escribir. Pero él me dijo “mira algo que me ayudó a decidirme a escribir y a volver a participar en concursos, es que una vez yo me encontré en internet un libro tuyo que se llama Silencia [2007]”. Pero como él no sabía cómo imprimirlo o no quería, escribió todo el libro a mano en una libreta, lo recreó. Y me contó que ese libro lo ayudó a despertar después de tantos años, y lo influyó mucho para meterse de nuevo en la poesía. Saber que alguien recreó a mano un libro mío fue muy conmovedor. Uno nunca se imagina lo que sucede con un libro…


13 de marzo de 2018, Mérida, Yucatán

 

Reseña a Colibrije de Balam Rodrigo, por David Anuar


No. 109 / Mayo 2018

Entrevista

Entrevista a Argel Corpus


Ricardo Migueles


¿Antes de tus estudios literarios, formales, ya te sabías poeta? Si no, ¿cómo fue esa revelación?

Qué raro se siente ser entrevistado. Es como ser invitado a una casa y convertirse en el anfitrión.
No sé. Es rara la pregunta. No sé si me sabía poeta. A mí no me interesaba leer pero sí me gustaba que me leyeran. Estoy seguro que de todos los poemas que oí, en mi casa o en radio UNAM, no entendí ni uno. En las primarias en las que estuve no recuerdo a un solo profesor que nos leyera algo del libro de lecturas de español. ¿Tú recuerdas esos libros? Yo como que recuerdo que en ellos había fragmentos de Don Quijote, poemas enteros de Reyes, de Ibarbourou, de Mistral, de nuestros Contemporáneos, posiblemente de Lorca y de Alberti, pero no recuerdo a uno sólo de mis profesores leyéndome un poema. Supongo que ellos no tenían el hábito de leerlos y no entendían como para qué. A veces uno se pregunta cómo es que uno termina por estudiar letras luego de pasar tantos años sin entender mucho de ellas, ¿no te pasa? Para regresar a tu pregunta, yo no entendía nada pero tal vez de manera intuitiva sentía su importancia, oía los sonidos de las palabras, y quedaba muy a gusto con ellos. Todo esto es una especulación. Así que hay que tomarla como eso. ¿Cuándo empecé a escribir? En la secundaria. En esa edad es cuando la poesía nos visita a todos, creo. No sé si fue una revelación pero sí recuerdo el impulso. La sensación me gustó tanto que todavía perdura.

¿Qué ventajas crees que tiene un poeta profesor de poesía sobre otro poeta que no lo es?

Miguel Hernández nunca fue a la escuela y es un gran poeta. Según Auden los poetas tienen que dedicarse a cualquier labor que no involucre el uso del idioma como herramienta principal, es decir, un poeta no debería de ser traductor, ni crítico, ni maestro de literatura, ni académico. Una sociedad así parece interesante. Imagínate la premisa: el poeta puede dedicarse a cualquier cosa. Quizá esto evita la monotonía. Pero con nosotros, ¿qué opciones de trabajo nos deja? Esa idea de Auden es una de las más ajenas en mi entorno (y por eso casi nunca la digo en voz alta). Muchos de mis amigos sí son poetas y además traductores, profesores, o escriben diccionarios, o llevan a cabo cualquier tipo de profesión que tiene que ver con el idioma. Para mí, si pudiera escoger, sería ejemplar que los poetas de ahora fueran como los del siglo XVI: militares, espías, empresarios exitosos de teatro, o como algunos del XX: diplomáticos, banqueros. ¿No serían más entretenidas las fiestas del FONCA?

En tu poema “Recuerdo” del libro Los días pasan y se llevan su lumbre al final están estos versos: “Y con el cuerpo, a veces reclinado/ a veces amodorrado, presentía/ un mundo muy terso y sin accidentes/ El mundo de mis diez años”. ¿Cómo presientes el mundo ahora?

Terrible. El mundo me parece una pesadilla ahora. Parece que no hay amor. No quiero decir que en mi vida personal no haya amor, existe abundantemente, quiero decir que noto que la gente anda muy enojada. Creo que hay muchos agravios por ahí, de distintos órdenes, que jamás han encontrado una salida y sin duda eso tensa la vida cotidiana. ¿Será que la poesía le debe a su público un lenguaje con el que se pueda decir la realidad que nos circunda? ¿Será que nos falta un lenguaje imaginativo para nombrar las causas y combatir el desconsuelo? Habría que escribir mucho sobre esto. Cuando oigo las noticias pienso ¿cómo fue que llegamos a este estado de cosas? y en mis horas tranquilas me digo “esto también pasará”, como se decían los poetas medievales que algo sabían de dificultades.

¿Qué buscas cuando escribes poesía? Si no buscas nada, ¿para qué escribes?

Todo empieza con un ritmo en mi cabeza. Un ritmo con palabras. Supongo que si el ritmo fuera abstracto yo hubiera sido músico pero no fue así y sí lo lamento un poco. Me hubiera gustado ponerlos a bailar. Lo que busco es escribir ese ritmo.

¿Has experimentado algún tipo de decepción con respecto a la poesía o a la creación poética? Si es así, ¿en qué sentido?
No creo. El oficio de poeta es muy humilde. Él me ha dado la satisfacción de practicarlo. Hay que estar agradecido.

Los días pasan y se llevan su lumbre además de ser el título de tu primer libro de poemas, es también un verso que, en mi lectura, lo más crucial en él es saber qué es esa “lumbre” ya que se presta para varias metáforas. ¿A qué te refieres con esa “lumbre”?

A la luz. Los días se llevan su luz y nos dejan a oscuras. Diario. Ese verso se me ocurrió un día que entré a un cementerio. Iba al sepelio de un familiar. Era ya tarde-caída y de pronto el verso apareció en mi cabeza como una certeza. Fue contundente. Así que lo escogí como título del libro. Puede ser que además de la luz, la lumbre del título conmemore la vida que ese día despedí. Eso.

Si es el caso, ¿qué consejo le das a tus alumnos que muestran una notable habilidad lírica?

Que escriban mucho y mal para luego tirarlo todo y empezar a escribir mejor.
 
 

 

No. 103 / Octubre 2017



Entrevista


Alberto Blanco:
Sismo, poetas y budismo
 


Ricardo Migueles


 
¿Cómo contribuye la poesía y la figura del poeta en una situación de shock como la que prevalece en México luego del sismo del 19 de septiembre 2017?

¿Cómo contribuyó la poesía y la figura del poeta en un momento tan convulso como el de la Revolución Mexicana? En otras palabras: ¿quién es el gran poeta de la Revolución? ¿Y el gran poema? En cierto sentido, podemos decir que no lo hay; o que había que esperar a Pellicer; o que la poesía, como siempre, se movía en otro sentido, en otro tiempo y con otras reglas. El gran poeta de tiempos de la Revolución es, creo yo, López Velarde. Y su poesía es de un tono íntimo que muy poco o nada tiene que ver directa y explícitamente con los sangrientos hechos de la Revolución, a pesar de haber estado tan cerca de Madero. Como bien dice Guillermo Sheridan: “la suya era otra forma de ser revolucionario.” Cosa muy distinta es la novela, la narrativa en general, y los demás géneros literarios. Pero la poesía es otra cosa. Radicalmente. Como lo he dicho en repetidas ocasiones, para mí la poesía es la otra forma de usar el lenguaje.

Ofrezco el ejemplo de lo que pasó en tiempos de la Revolución Mexicana, porque me parece que otro tanto se podría decir de este momento. Nos han tocado, como a todos los hombres (como le gustaba decir a Borges) “malos tiempos en que vivir”. O "malos tiempos para la lírica" como decía por su parte Bertolt Brecht. Sin embargo, siempre se puede decir lo contrario: nos tocaron buenos tiempos, tanto para vivir como para la lírica… porque si se trata de utilizar adjetivos, se puede pensar y decir y escribir lo que queramos. La vida tiene el sentido que nosotros queramos darle.

¿Cómo contribuye la poesía y la figura del poeta luego del sismo del diecinueve de septiembre de 2017? Ciertamente no con quejas. A menos que aceptemos la propuesta de Rimbaud: "si me quejo, es solo otro modo de cantar". Y si André Bretón afirmó que la literatura es uno de los caminos más tristes para llegar a cualquier lugar, yo, por mi parte, digo: la poesía es el camino más corto para llegar hasta aquí. Éste es nuestro único refugio: saber que no hay refugio. Nuestro mejor consuelo es estar absolutamente reconciliados con el hecho de saber que no hay consuelo. Porque el poeta no es alguien necesitado de consuelo, todo lo contrario; como lo aseguró Lautréamont: "un poeta es el que consuela a la humanidad". Y si un sismo nos hace sentir hasta la masmédula que nada es permanente, hagamos entonces de esta impermanencia nuestro tesoro.

En un programa de televisión grabado en 1982 conversas con William Merwin y con Octavio Paz quien señala la falacia moderna de creer que el progreso consiste en dominar a la naturaleza; ¿crees que el poeta trata, en cierta medida, de hacer lo mismo?

Vivimos en un hermoso planeta que es redondo, que tiene límites, y que –lo sabemos muy bien– no puede soportar una carga infinita de explotación. Pero nosotros, los seres humanos, el animal más peligroso de todos los que pululan en la Tierra, fingimos no saber nada al respecto. Esta inaceptable ignorancia parece dejarnos la conciencia más o menos tranquila y las manos libres para continuar con nuestra incesante labor de depredación, convencidos de que somos los amos y señores de la creación.

Los resultados de esta infame manera de ver y hacer las cosas están a la vista: miles y miles de especies animales y vegetales extintas o en peligro de extinción; una sobrepoblación humana que amenaza no solo a otras especies sino que se amenaza a sí misma con desaparecer por las hambrunas, guerras nucleares, falta de espacio habitable y de suelo para cultivar, de aire respirable y de agua potable; cambios drásticos de clima provocados por la superproducción industrial; ciudades contaminadas más allá de cualquier norma o proporción; bosques arrasados; mares y ríos rebosantes de basura; tierras, materiales y culturas agotados.

¿Quién, que tenga los ojos abiertos, puede darse el lujo a estas alturas de cruzarse de brazos frente a estos complejos problemas; frente a la degradación de las innumerables formas de vida que todavía distinguen con su insustituible presencia a nuestro planeta? ¿Quién, que piense por un solo instante en el futuro que les espera a nuestros hijos, a todos los seres humanos y a la asombrosa variedad de seres vivos que comparten con nosotros esta gigantesca nave llamada La Tierra, puede sentirse ajeno a estos terribles problemas? No, desde luego, los artistas. Ciertamente no los poetas. Como dice W. S. Merwin en la última estrofa de su poema "Una historia":

pero todo lo que salió del bosque
formaba parte de la historia
todo lo que murió en el camino
o tuvo un nombre pero resultaba
ya irreconocible incluso
lo que se desvaneció de la historia
finalmente día tras día
se estaba convirtiendo en la historia
de tal forma que cuando ya no haya
historia ésa será nuestra
historia y cuando ya no haya
bosque ése será nuestro bosque


En relación con la práctica budista de renuncia a los placeres sensuales, de los que la poesía y el arte son parte y son, también, una forma de intoxicación; ¿tu conocimiento en religiones orientales, en especial el budismo, te ha hecho cuestionar el valor de la labor poética?

Poetry makes nothing happen, decía W. H. Auden. Esta frase enigmática más que significar: "la poesía no hace pasar nada", significa: "la poesía hace que la nada suceda". Y esta nada es muy importante. Por eso, cuando en cierta ocasión, alguien le preguntó a Kodo Sawaki Roshi, maestro de zen: "¿qué caso tiene la meditación?" él tranquilamente contestó: "ninguno, la meditación es absolutamente inútil; solo que si no pones en práctica esto que es tan inútil, entonces tu vida sí que será absolutamente inútil."

Esta inutilidad de la poesía (y, en última instancia, lo mismo se podría decir también del arte en general, de la meditación, el juego, el erotismo y tantas otras actividades humanas gratuitas), esta capacidad que la poesía tiene para hacer que nada suceda, para que la nada suceda, y para que nunca se nos olvide que esa nada es muy importante, para recordarnos la nada que esencialmente somos, es una de las dimensiones más profundas, auténticas y entrañables de la poesía.

En el mismo programa de TV aludes al afán de la sociedad por la diversión (entretenimiento) hace treinta y seis años, fenómeno que a todas luces ha crecido exponencialmente. ¿Te parece que las actuales formas de comunicación producidas por internet, los smart-phones y los estilos de vida promovidos por el main stream fomentan o socavan el desarrollo y la apreciación de la poesía?

Las nuevas formas de comunicación agobian hoy en día a millones y millones de personas en todo el mundo. Esto es, en buena medida, lo que hace casi cuarenta años se entendía por el mundo 'postmoderno’, o ‘la condición posmoderna’. Y ser postmoderno implica (o acaso implicaba), entre otras cosas, rechazar el centro. Implicaba también rechazar "las grandes narrativas". Y queda claro que rechazar el centro y las grandes narrativas implica, por necesidad, aceptar y reconocer los márgenes.

La poesía sigue siendo un arte al margen del mercado, al margen de la industria del entretenimiento, al margen de la fama y del reconocimiento popular (salvo en contadísimas excepciones), que, aún después de las vanguardias y las transvanguardias, no renuncia a su capacidad revulsiva. Sea mediante el recurso del humor, la agresividad, la sorpresa o la belleza, la poesía sigue siendo subversiva. Se quiera o no, la poesía sigue siendo la otra forma de usar el lenguaje.

Todos los artistas contemporáneos que no se han entregado de lleno y alegremente al cinismo del consumo y a la noción de que las artes forman parte de "la industria del entretenimiento" cargan la misma cruz: la autocomplacencia, el éxito mediático y de mercado, no logran satisfacer un anhelo de realización. ¿De qué realización estoy hablando aquí? De aquella que tradicionalmente se entiende como ser dignos del llamado a realizar una obra determinada con arte y a cumplir con la inmensa responsabilidad de un don que nos ha sido concedido.

 
 
 

No. 101 / Julio-Agosto 2017




Javier Galarza:
sus respuestas y poemas
 


Rolando Revagliatti


 

Javier Galarza
nació el 27 de febrero de 1968 en Buenos Aires, Argentina, ciudad en la que reside. Es Profesor Asociado de la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino. Colaboraciones suyas se han difundido en diversos medios electrónicos y en soporte de papel. Ha administrado varios blogs. Además de dictar numerosos cursos en instituciones, ha participado en festivales de poesía y ferias del libro. En 2001 apareció su libro Pequeña guía para sobrevivir en las ciudades; en 2014, en co-autoría con Natalia Litvinova, Cuerpos textualizados (Correspondencia 2008-2013); en 2017 el volumen de ensayos La noche sagrada (Editorial Audisea). Los poemarios que ha publicado son: El silencio continente (2008), Reversión (Antología, Tropofonia Editorial, Belo Horizonte, Brasil, 2010), Refracción (2012), Lo atenuado (2014) y Chanson Babel (Editorial Buenos Aires Poetry, 2017).

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Bitácora: “Cuaderno donde se reportan los avances y resultados de un determinado estudio o trabajo”

Tengo Sol en Piscis, ascendente en Tauro y varios planetas en Acuario. Marte y Saturno en Aries. Viví toda la vida en zona céntrica, tuve un paso por el barrio de Colegiales y ahora resido en La Boca, el borde industrial de la ciudad. Estudié dos años de música en la Escuela Juan Pedro Esnaola. Hacia 1999, en un taller de Enrique Symms, se formó la revista Vestite y Andate. Leí febrilmente a los existencialistas, sobre todo a Soren Kierkegaard y a Martin Heidegger. Me psicoanalicé durante décadas y encontré en el psicoanálisis una herramienta de conocimiento muy interesante. En un momento necesité unir tres cosas que me apasionaban: la poesía, la filosofía y el psicoanálisis. Entonces llegué a la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino donde di cursos sobre Friedrich Hölderlin, Rainer Maria Rilke, Alejandra Pizarnik y varios más. En 2008 edité mi primer libro de poemas, El silencio continente, y lo presenté dentro del Ciclo Aera de Alejandro Drewes. Luego fui parte del primer grupo del Festival Poesía en la Escuela, organizado por Marisa Negri. El festival me permitió conocer a muchos poetas con los que siento una gran afinidad, aun transitando poéticas diferentes: Silvia Castro, María Julia Magistratti, la misma Marisa Negri, Valeria Cervero, Alejandra Correa y Leonardo Martínez, entre otros. En 2012 publiqué Refracción a través de Añosluz Editora. Luego, Añosluz junto a otras editoriales formó La Coop, un colectivo de editoras con una hermosa librería en Almagro que, en mi opinión, es un importante acontecimiento literario, porque nos hace preferir una editorial independiente antes que a un sello grande. En 2010 había viajado a Belo Horizonte, donde me publicaron una antología, y a Noruega, para trabajar en una obra que ideamos con un amigo que vive allá. En 2014, junto a la poeta Natalia Litvinova publicamos en el sello Letra Viva la correspondencia que mantuvimos entre los años 2008 y 2013. Publiqué dos libros, uno de poemas y otro de ensayos, en Audisea, una editorial formada por chicos y chicas que transitaron por mi taller y publicaron a Raúl Zurita y a José Kozer. En la actualidad el existencialismo se manifiesta como el deseo de sacar a la luz mi trabajo, no puedo especular con eso, ¿qué es el carpe diem sino vivir afrontando que el mañana es incierto, que solo existe el momento? Si afronto lo imprevisible de la vida es absurdo que en una conversación le diga a alguien “el año que viene”. Leo a Chuang Tzu y a Lao Tse, el misticismo es propio del hombre, pero como dice Heidegger: “Ya no se siente la falta de Dios como una falta”. No me interesa la ciencia, busco pensamientos más audaces y vivencias más intensas que solo el arte puede transmitir.
 

¿Y algo del orden de tu niñez, de tu familia, de tus modos de despegar...? 

No suelo hablar mucho de la infancia, no idealizo esa etapa ni creo que haya sido feliz. Era un chico atemorizado, me daban miedo cosas extrañas, por ejemplo, las palabras que no entendía. Recuerdo mi terror cuando escuché la palabra “bujía”, por dar un ejemplo. Tenía crisis de nervios ante ruidos fuertes como los truenos o los aviones o cuando veía a una persona con discapacidad. Mi madre tomaba apuntes de todo lo que leía y a mí me fascinaban esas notas, esa caligrafía, las lapiceras a pluma Parker, los cuadernos. Entonces comencé a escribir. Mi padre tenía una imprenta y tardé veinte años en entender que su oficio estaba relacionado con el mío. Cuando cumplí dieciocho me regaló Cartas a un joven poeta de Rilke. Él no había leído a Rilke; de alguna manera me estaba diciendo que el joven poeta era yo, y aún no imaginaba la importancia que tendría Rilke en mis trabajos, en mis cursos y ensayos. Tengo dos hermanos varones y una hermana que tiene mellizos. Yo soy el mayor y creo que los hermanos mayores nos reconocemos unos a otros.

 

Has estudiado periodismo con una leyenda, aquel que dirigiera la revista Cerdos y Peces. Y la revista que co-dirigiste, entre 1997 y 2000, con Fernanda Simonetti, Vestite y Andate, no se ha quedado atrás en cuanto a proponerse provocadora desde el título.

Sí, es cierto. Enrique es una leyenda y yo lo tomé como tal. Él puede desarticular cualquier discurso. Yo lo comparo con los sabios taoístas, para mí es un Chuang Tzu de bares. Enrique, hasta donde yo sé, no tiene propiedades, ni dinero ni libros ni posesiones, ni siquiera sé si tiene amigos duraderos. Un maestro debe provocar y sería un error tomarlo al pie de la letra. Yo siempre tomé sus “enseñanzas” como provocaciones. Si vos ibas a un recital él te preguntaba si te gustaba ver un tipo arriba del escenario mientras vos estabas abajo. “¿Y encima pagaste?” te preguntaba, y se reía. No hay argumento válido contra esas rupturas del discurso imperante. Así eran sus monólogos, improvisaciones fulgurantes que no podían ser repetidas ni conceptualizadas ni representadas. Una vez me acerqué a él, tenía la mirada perdida hacia el Parque Lezama. En su mente estaba escribiendo un poema y me lo recitó, como se lo podría haber recitado a cualquiera. Era algo maravilloso. Pero yo, que memorizo poemas enteros de San Juan de la Cruz, no podría repetir una sola palabra. Allí va él, escapando de la cárcel del concepto.

Vera Land, la jefa de redacción de Cerdos y Peces, también es una leyenda y, aun con todo su vuelo, fue el cable a tierra para que esa revista fuera posible. La recuerdo tan dulce como sacada, siempre estaba linda, nos enseñaba los aspectos técnicos del periodismo y sus ojos tenían un brillo que seducía y asustaba. Como las personas que descubren la verdad del mundo, están allí para darte indicios, pero a la vez te dicen “yo no te voy a mostrar nada, construí tu maldito sentido”.

Y también quiero nombrar a alguien muy diferente pero que considero un maestro: César Aira. Me bastó asistir a las cuatro charlas que dio en el Centro Cultural Rojas sobre Alejandra Pizarnik para entender cómo se podía pensar la literatura: relacionando, derivándose, desarmándola como un artefacto y atacando todos los presupuestos. Sus análisis literarios me recuerdan a Maurice Blanchot, otro de mis favoritos, pero con esa dosis de ironía tan propia de Aira, que también tiene algo de maestro oriental.

Con respecto a la Vestite y Andate, yo la veo como una experiencia artística. Cuando se unió mi amigo, el diagramador Gastón Pérsico junto a su pareja, la talentosa Cecilia Szalkowicz, el proyecto tomó una nueva forma. Cuando llegaban las notas, Gastón y Cecilia las repartían entre diversos diagramadores. El resultado era sorprendente. Entonces, el formato periodístico que le imprimía Fernanda Simonetti o el giro más literario que le hubiera dado yo, se transformaba en ese conglomerado de cosas que fue la revista. Juan Pablo Liefeld aportaba una mirada política que a la larga hubiera podido desarrollarse mucho más, Juan Manuel De Cillis acercaba su versión sobre las raves o sobre los hechos hacia donde la vida lo llevaba y Analía Romeo traía siempre notas bien hechas, que tenían un estilo propio. Hicimos doce números. Participamos en dos exposiciones en el Centro Cultural Recoleta y ganamos un premio a mejor revista alternativa en un evento. Con tensiones internas, por supuesto, pero también con la alegría de haber vivido esa época y terminar antes de la debacle económica del 2001 y de la hegemonía de la web. Recuerdo el bar El Mirador: Tom Lupo hacía el Cabaret Poético y en el sótano estaba la redacción de Cerdos y Peces. Con los chicos de “la Vestite” armábamos la grilla o la cuadrícula de cada número en las mesas de ese bar frente al Parque Lezama. Después empezaron las ferias de revistas, y en la Casa de la Poesía Evaristo Carriego conocí a Santiago Vega (ahora ya muy conocido como Washington Cucurto), a Fabián Casas, a Griselda García y a Daniel García Helder. Mucha gente circulaba por allí o por Belleza y Felicidad y el pop hotel Boquitas Pintadas.
 

Noruega. No serán muchos los poetas argentinos que hayan visitado ese país. ¿En qué obra trabajaste con el amigo tuyo que vive allá? Y, de paso: ¿qué otros países europeos conociste (en el mismo viaje o en otros)?

Solo conocí Noruega. Con mi amigo Luis Della Mea ideamos una obra que se llamó Cuerpos posibles: reunía danza, música y literatura, la armamos aquí y viajamos subsidiados por Noruega, no sé concretamente por qué entidad, pero mi amigo obtuvo varias becas allí. Yo todavía vivía en el barrio de Colegiales y teníamos largas charlas Trondheim–Colegiales. Empezamos a trabajar con las diferencias aparentes entre Argentina y Noruega. Caos y orden, por ejemplo, para luego, en los ensayos, junto a dos bailarinas de allá armar la obra y presentarla en los dos países. El primer día paseamos por la peatonal. En un momento me aparté del contingente, caminé hacia una iglesia y había un coro cantando. Sentí que el peso de los siglos caía sobre mí. De pronto entendí los milenios de la historia europea. Recuerdo a una mujer policía pintándose los labios en medio de la calle. Yo abría la ventana de mi cuarto de hotel para dejar entrar a la nieve. La inmensa catedral gótica donde había un teclado de Richard Wagner y detrás el museo de los vikingos. Es un pueblo que desconoce la ironía, les resulta natural caminar kilómetros en la nieve para llegar a sus casas. Son gente bella, si vos mirás a una chica, sonríe. En un café yo dejé mi mochila lejos y en un acto reflejo quise ir a buscarla y mi amigo me dijo: “Estás en Noruega, a nadie le importa tu mochila”. En la catedral gótica vimos un concierto de Felix Mendelssohn y yo no podía parar de llorar. A las cinco de la tarde era de noche. Nunca quise usar guantes ni gorro porque necesitaba vivir ese frío del aire cercano al mar y de la nieve cubriendo las bicicletas en la calle. La obra Cuerpos posibles unía danza, teatro, poemas y música, todo autogenerado por el grupo. Mis poemas se proyectaban en una pantalla o eran recitados por una de las chicas noruegas que desconocía el idioma y entonces en vez de decir “ventana empañada” decía “ventana empanada”. Yo tenía una silla desde donde miraba todo y hacia el final agarraba la guitarra y cantaba la canción “Heaven” de Talking Heads (“El cielo es un lugar donde nunca pasa nada”). Hicimos cinco funciones en Buenos Aires y cuatro en Trondheim. Éramos como un “Big Brother” cósmico porque convivíamos dos bailarinas y una vestuarista de Noruega, una bailarina argentina, dos músicos y un escritor (que era yo). Cuando nos despedimos, lloramos; entendí el sentido de la distancia entre dos países, pero también el dolor de esas alegrías que nos son dadas y tienen un plazo, no solo porque se terminan en el tiempo, sino porque después de cada experiencia no volvemos a ser los mismos.


 
¿Cuáles fueron las circunstancias, las condiciones que se generaron para que Natalia Litvinova y vos concibieran, desarrollaran, sostuvieran durante seis años el epistolario?

Cuando Natalia llegó a mi taller en Colegiales, era una joven bielorrusa que vivía en Vicente López, muy tímida y sensible; tenía un blog pero no había pensado en publicar. En ese taller también estaba Leli Busquet, que hoy integra Audisea Editora. El primer día, Nati llegó unos minutos antes, como era su costumbre. Le mostré un poema de Adrienne Rich, le dije que me interesaba la literatura rusa y le conté que la poesía de Ósip Mandelshtam estaba siendo revalorizada a través de Paul Celan. Le pedí que nunca se apartara del arte. Me respondió que nunca podría hacerlo. Así comenzó la comunicación, mediante correos o mensajes de texto. Durante las clases yo leía a Yves Bonnefoy y ella lloraba en silencio. No quería llamar la atención pero sus buenos modales, su extranjería y su pelo larguísimo producían el efecto contrario. Durante el 2008 surgieron muchos de los poemas que fueron a parar a su primer libro, Esteparia (hoy reeditado en varios lugares, incluso en España y en Colombia). Cuando presenté El silencio continente leyeron Natalia y Paula Gordillo. En el taller, Paula decía bromeando que eran la criollita y la princesa rusa. La comunicación a través del correo electrónico es la forma que asume hoy en día la correspondencia y eso creció durante años. En esas líneas que nos escribíamos había sueños, mucha literatura y nos contábamos cosas que tal vez nunca habíamos hablado con nadie. Yo me responsabilicé, es decir, intenté acompañarla en su crecimiento, todavía hoy cuando tiene algún problema me preocupo. Años después dimos un curso virtual y el escritor y editor Nicolás Cerruti, de Letra Viva, nos propuso que editáramos un libro juntos para una colección que dirige. Con Natalia coincidimos en que tenía que ser un libro dialogado. Esto nos llevó a compilar nuestras cartas. A nosotros nos gusta mucho el epistolario entre Rilke, Marina Tsvetáyeva y Borís Pasternak, por ejemplo. Editamos nuestras cartas para la publicación, pero eso es lo que nos escribíamos. Y la idea de un epistolario nos pareció buena. Nos seguimos escribiendo durante casi dos años más luego de la edición del libro. Después dejamos de hacerlo, seguramente se cumplió una etapa. Pero para mí la pregunta es si las cartas son parte de la obra de un escritor. Mucho de lo mejor de Franz Kafka o de Rilke está en las cartas. En una conversación coloquial uno pregunta “¿Cómo estás?” o “¿Qué andás haciendo?”. Pero una carta es un grado más alto de la comunicación, una confesión, un testimonio.
 

¿Y Reversión?... ¿Es una antología personal? ¿La edición es bilingüe?

La edición de Tropofonia tiene de un lado a la poeta brasileña Tania Alice, y revirtiendo el libro está mi antología. Es decir, la parte del libro que corresponde a Tania está en portugués y mis textos en castellano. Pero tuve la fortuna de que el poeta Leonardo de Magalhaens tradujera mis poemas al portugués, y en una lectura en el Palacio de las Artes de Belo Horizonte, Wilmar Silva los leyó conmigo y dijo que parecían escritos en ese idioma. Para la antología elegí algunos poemas de El silencio continente, con otros del libro que estaba en camino, que era Refracción, junto a algún otro poema que ha quedado allí.
 

Más o menos deduje que
Diario de abstinencia llegó a ser el título de un libro anunciado en algún sitio de la red pero que no llegó a publicarse.

No es un libro aún, quedó como un proyecto pendiente. Nació de una nota que hice para la revista. Creo que la anécdota detrás de ese proyecto, que algún día retomaré, vale la pena. Mi psiquiatra había fallecido y yo seguí tomando altas dosis de ansiolíticos. Al tiempo tuve varias crisis de asma y llegué tres veces a la guardia, casi sin respirar, arrastrado por mis padres. La tercera vez quedé internado, me suspendieron los ansiolíticos de golpe e inyectaron fuertes dosis de corticoides. Salí del hospital pesando varios kilos menos y comenzó la primavera, sufría la abstinencia de ansiolíticos junto al temor que da la imposibilidad de respirar. Mis percepciones quedaron distorsionadas y me advertía vulnerable. A la vez estaba sintiendo que vivía en lo real. Una madrugada caminé hasta una guardia psicoanalítica y la analista que me atendió me dijo: “Salga de ahí, en lo real no se puede estar, por eso Lacan habló también de lo imaginario y lo simbólico”.
 

¿Y algún apunte sobre otros libros tuyos publicados?

Pequeña guía para sobrevivir en las ciudades 
es una serie de viñetas o de postales urbanas escritas para un proyecto que luego se cayó. Cuando dejamos de hacer la revista Vestite y Andate, el diagramador Gastón Pérsico y yo tomamos ese material y le dimos forma y luego lo editamos en la imprenta de mi padre. Ese libro fue el paso intermedio entre la particular interpretación del periodismo que hacía Vestite y Andate y la poesía que uno quisiera dejar como obra.

El silencio continente: Breviario de texturas neo góticas y neo románticas trasluce mi gusto por el género gótico, pero también hay poemas que considero modernos. Mucho trabajo sobre el psicoanálisis. Una parte del libro agota el tema de la disolución. Y en el medio del libro irrumpe el poema “Variaciones sobre el olvido y el perdón”, dedicado a la poeta Silvia Camerotto. Ese poema sincroniza de manera onírica pero despojada la pérdida de un cuerpo amado con los cuerpos desaparecidos de este país. La pregunta que subyace en todo el libro es ¿dónde van los cuerpos del amor?

En Refracción intento buscar un lenguaje corporal y salir del Romanticismo. Juego con los refranes y procuro reformularlos, los invierto; la intertextualidad me hace tomar un dicho histórico o psicoanalítico, alguna cita de Freud y ponerlo a jugar en el poema. A la vez, en ese libro me sentí influenciado por la poética de Henri Meschonnic: por lo que interpreté de su idea del ritmo.

Lo atenuado reúne poemas de diferentes épocas. El título se refiere a ese momento en que uno colecta todo lo que ha sembrado en la juventud, y en esa desesperación atenuada viene el tiempo de la cosecha. En una parte del libro que se llama “Tu idioma”, busco caminos para llegar a otra persona, partiendo del presupuesto de que siempre hablamos idiomas diferentes. Yo creo que es un poemario logrado, aclarando que creo más en los caminos que en las obras.

En La noche sagrada compilo algunas de las notas y los ensayos escritos durante varios años. Tomo a Hölderlin, a Rilke, a Paul Celan y a Kafka junto a los personajes de su generación, como Sigmund Freud o Ingeborg Bachmann. Considero que son microensayos; interviene lo narrativo, la escritura fragmentaria, modos laterales de acercarse a autores tan ricos y complejos.

Chanson Babel, al revés que Refracción busca extender el campo del poema, va a las etimologías y juega a perder el hilo para después volver. El yo está puesto en cuestión todo el tiempo, es un libro que se pregunta quién habla o quién escribe pero no intenta responder esas preguntas. Incluye los estados de despersonalización y las crisis de extrañeza como temáticas, la memoria y la ceguera.


Contemos que efectuaste la co-coordinación de tres ciclos en La Casa de la Lectura.

Sí, dos en 2009 y 2010, junto a Lilián Cámera: “Los poetas y los mitos” y “Los poetas y el objeto fetiche”. Y en 2010, junto a Lilián y Leonor Silvestri, hicimos una lectura que Leonor llamó “Desmesura”. Ella tiene un pensamiento en movimiento que no deja de inquietar y yo necesito de esa inteligencia que rompe todos los moldes. En eso, no sé si a ella le gustaría, pero se parece a Enrique Symms. Toda la vida está repensada y todas las suposiciones puestas en cuestión. En esos ciclos participaron como invitados Silvia Camerotto, Alejandro Méndez, Griselda García y Miriam Bercovich. El objetivo era analizar la obra de los poetas ante diferentes temáticas, que se conversara y se debatiera. La propuesta base del ciclo no deja de ser un lugar vacante, porque a mí no me convence que un poeta saque su hojita, lea y se vaya; hay que producir reflexión, comunicación, diálogo, fricciones.
 

Caen (retornan) sobre vos un par de interrogantes, títulos a su vez de cursos que has dictado: “¿Y para qué poetas?”, “¿Qué significa escribir?”

Hay un verso de Hölderlin que dice: “¿Y para qué poetas en tiempo de indigencia? Pues ellos son como los sagrados sacerdotes del dios del vino que peregrinaban de una tierra a otra en la noche sagrada”. De este verso, perteneciente a la elegía “Pan y vino”, vienen tanto el nombre del curso como el de mi libro de ensayos: La noche sagrada. A la vez, en una célebre conferencia, Heidegger se pregunta “qué significa pensar”. Bueno, preguntarse sobre los poetas y la poesía nos permite hallar respuestas momentáneas, verdades como tiendas de campaña que luego deben hacer lugar a otra cosa. Esto debe ser una búsqueda, porque si nos transformamos en un aforismo quedamos congelados, y el pensamiento y el fluir de la escritura se cancelan. Permanezco en esta búsqueda pero solo para aumentar la dimensión de las preguntas.

 
Recuerdo dos revistas en las que colaboraste: La Maldita y Quesquesé (presentada esta última en el Ciclo de Poesía y Prosa Breve Nicolás Olivari que yo co-coordinaba con Cristian De Nápoli).

Sí, en la época de la Vestite y Andate existían muchas revistas alternativas. Con Quesquesé hicimos un intercambio de notas. Verónica Pérez Arango, que integraba la Quesquesé, organiza ciclos de lectura y publica sus textos, la veo activa. En cambio, no sé casi nada de los chicos que integraban La Maldita. Con Cristian De Nápoli compartimos hotel y lecturas en un breve viaje a Belo Horizonte organizado por Wilmar Silva y Tropofonia Editorial. La época de las revistas ha dejado su marca. De todas formas, y pese al humor corrosivo de Vestite y Andate, yo ya estaba leyendo a Hölderlin y a Rilke, me sentía mucho más cerca de los poetas malditos, existencialistas o videntes que de la poesía que circulaba en los años noventa a través del objetivismo y sus derivados.
 

Natalia y vos, conjuntamente, han dictado cursos.

Sí, aún lo hacemos, tenemos un taller presencial en mi casa y realizamos clínica de obra en formato virtual. Después de algunos años sin trabajar en la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino, preparé junto a Natalia un curso sobre Paul Celan y la poesía rusa. Quería hablar del acmeísmo, en mi opinión uno de los movimientos poéticos más importantes que haya surgido. Fijate que aquí, cuando se piensa en “depurar” los “excesos” retóricos o sentimentales se apela al objetivismo. Hasta en eso somos norteamericanistas. Pero si lees los manifiestos de Mandelshtam, la apuesta es volver a la sencillez y a lo clásico, a la precisión de la palabra. Junto a Natalia cotejamos versiones de poemas, advertimos que al poema “El siglo” de Mandelshtam le faltan algunos versos en casi todas las traducciones. Analicé cómo tradujo Paul Celan a Mandelshtam y a Serguéi Esenin al alemán. De mi taller han salido muchos libros y con Natalia hemos trabajado en otros tantos, con prólogo incluido. Trabajamos también con gente de España y por segundo año consecutivo somos parte del jurado en el concurso La Isla de Aklan, del que nuestra clínica de obra es uno de los auspiciantes.


Es al músico aficionado que tengo entendido que sos a quien le pregunto: ¿por qué tipo de música tenés mayor afición? ¿Por qué compositores e intérpretes? ¿Has hecho música en espacios públicos?

Me gusta el dream pop y el dream folk, por dar un ejemplo; como verás, está la palabra dream por delante. Las canciones tristes y sutiles me animan a escribir, trasmiten una emoción casi sinestésica, que uno a veces puede decodificar y pasar a palabras. Me gustan Neil Young y Cocteau Twins y los buenos songwriters. En las variantes del folk hay muchos, desde Damien Rice hasta Marissa Nadler. Una vez Cristina Piña me dijo que creía que la antorcha de los poetas malditos estaba pasando al rock, y algo de eso hay. Syd Barrett fue mi primera conexión con los poetas malditos.

Y sí, he tocado en espacios públicos, tengo bandas desde la adolescencia e interpretar un solo de guitarra es una actividad que me relaja más que el yoga. La vida del músico es diferente a la del escritor. Los escenarios te llenan de adrenalina. La escritura requiere soledad; aun así la inspiración te puede sorprender en cualquier lado; he escrito en salas de espera de hospital, por ejemplo.

Rilke decía que si Georg Trakl hubiera pintado no se hubiera suicidado. El poeta al utilizar el lenguaje, al expandir los límites del mundo, corre otros riesgos. Creo que cada artista tiene más de una disciplina que lo acompaña. Para Pizarnik o Miguel Ángel Bustos fue la pintura. Para Mandelshtam o Paul Verlaine es la música.


Tu La noche sagrada (título también de una novela del destacado marroquí Tahar Ben Jelloun) fue publicitada editorialmente como “una reunión cumbre” (Edmond Jabés, Marina Tsvetáyeva, Ósip Mandelshtam, entre otros). ¿Qué otras reuniones cumbres nos propondrías?...

“Reunión cumbre” es el título del prólogo del libro, hecho por María Malusardi, una gran amiga. Me interesa mucho el encuentro entre los poetas Miguel Ángel Bustos y Jacobo Fijman en el Hospital Borda. El encuentro entre Pizarnik y Bustos. Entre Pizarnik y Susana Thénon. Entre Freud e Hilda Doolittle. Alguna reunión en la casa de Oliverio Girondo donde estuvieran Olga Orozco, Pizarnik, Juan-Jacobo Bajarlía, Edgar Bayley y Norah Lange. Una reunión de redacción de los integrantes de la revista Poesía Buenos Aires. Uno tiende a idealizar esos encuentros, creo que entre Proust y James Joyce no hubo más que un “hola”. Para ser sincero, se trata casi de una cuestión de religiosidad. Me gustaría decir: “En este lugar se encontraron Bustos y Fijman” y armar un altar allí. Me fascinan los mitos urbanos, las pintadas de los compañeros de algún pibe que mató la policía o los retablos que la gente levanta en homenaje a personas fallecidas. Que conviertan en una santa a una chica de las bailantas. Son pequeños restos de religiosidad ardiendo como fuegos, alumbran y dan calor a esta noche en la que estamos.
 

Acabo de releer, Javier, del Nº 8 de Vestite y Andate, un interesante artículo tuyo sobre Sylvia Plath: “Vestida para la ceremonia”. Ya a más de tres lustros de aquello, ¿qué tanto ha seguido atrayéndote su vida y su escritura?

Me sigue atrayendo esa estructura de tragedia griega que tiene su vida: de la estudiante brillante al electroshock, de la tapa de Madeimoselle a meter la cabeza adentro del horno. Y en medio de todo esto, como Casandra, esa videncia que es la poesía. Estaba casada con otro genio, Ted Hughes, pero en el momento de la separación ella parece decir “yo voy a ser más grande que vos, yo voy a ser un mito”. Quizás sean la pareja perfecta. Desataron fuerzas tan inmensas que los sobrepasaron y les iban a costar la vida. Jugaban a la güija, leían La diosa blanca de Robert Graves, sabían de astrología. ¿Cómo no amar a Sylvia Plath o a Anne Sexton? Redacté esa nota en sintonía con algunas circunstancias que describo en Diario de abstinencia. Y cuando escribí sobre Anne Sexton también utilicé material autobiográfico. ¿Será el confesionalismo? Creo que los chicos que hoy se deslumbran con Sharon Olds tendrían que releer todo lo que escribieron Sylvia Plath, Anne Sexton y Adrienne Rich.


¿Qué destreza, te parece, es necesaria para deslindar el
esto y el eso cuando es aquello lo que deseamos?

Entender que el deseo existe a condición de no ser satisfecho. Como la escritura, es un juego de tensiones y distensiones que nos agota y silencia pero siempre puede resurgir. No dejar de buscar aquello, aun sabiendo que habrá desvíos y es probable que nos extraviemos en el camino. Pero en esos desvíos acecha la vida. En palabras de Samuel Beckett: “Fracasá más, fracasá mejor”.


¿Zumbido, gorjeo, maullido, gorgorito o aullido?

Aullido, aún antes de leer a Allen Ginsberg. Ladridos a la luna, la película The Wall, el libro El grito primal de Arthur Janov o una suelta de lobos hacia las cúspides gélidas de las tierras sin perdón. Es la furia pero también el andar enfermo de algún animal. El brujo Don Juan le dice a Carlos Castaneda que la muerte nunca se detiene. Como escribió Jorge Leonidas Escudero: “Es un perro en la noche, desde lejos, / que me dice / lo que no acaba nunca de ladrar”.
 

De los siguientes satélites, ¿cuáles orbitan más cerca de tu planeta?: Roberto Juarroz: “La poesía es la sinceridad con que habla en nosotros lo que no conocemos. Única vía veraz de aquello que cimenta nuestra ignorancia”; René Char: “El poeta no tiene sino satisfacciones adoptivas”; Eleonora D’Alvia y Juan Eugenio Rodríguez: “La poesía sería el lugar reservado a lo imposible. La poesía es un decir de lo imposible de ser dicho. El poeta mediante su acto da cuenta de que fue causado. Se vale de su falta”; o H. Bloom: “La poesía es la angustia de la influencia, el malentendido, la perversidad disciplinada. La poesía es incomprensión, tergiversación, desacuerdo. Es el romance familiar. Es el encantamiento del incesto, disciplinado por la resistencia a ese encantamiento”.

Creo que esos cuatro satélites merodean de alguna forma mi planeta, pero esta noche estos dos cometas se acercan y fulguran: “La poesía es no tener algo que decir y decirlo; nada poseemos” de John Cage, y “El poeta es un dios, o el joven poeta es un dios. El poeta viejo es un vagabundo” de Wallace Stevens.




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Javier Galarza selecciona poemas de su autoría para acompañar esta entrevista:

 
Fragmentos de un poema imposible


Para Alberto Galarza, en memoria

 
los ojos encendidos de una orfandad que hoy es la mía

padre estás volviendo a casa
padre estoy volviendo

padre qué nos has traído

de niño me asustaba pensarte solo y perdido
hoy que yo estoy
solo y perdido

quién soy padre rilkean heart san francisco
asís mismo tu hijo de corazón salvaje

debo nombrarte para aprender a perderte
debo nombrarte para aprender a ganarte

sigo buscando mis límites
qué nos cansamos de no decirnos
qué nos cansamos de no hablar

carga en tus brazos al niño que fui
yo sostengo ese cuerpo cansado

desde el hombre que hoy no está
cargo en mis brazos al niño que fuiste

en quién hablo cuando callas
padre color de ojos indescifrable
 

(de El silencio continente)
 


*


arder (II)
 

ardo
padre no ves
que ardo?
ves—
la ves a ella
no la ves
estoy
prendido fuego
encendido
recaliente
como si dijera
como si
intentara como
si pudiera
preguntar/le:
cómo tocarte
con manos
de este mundo
 


* Freud analiza un sueño donde un hombre, velando el cadáver de su hijo, sueña que el cuerpo se incendia con las velas y el chico se le presenta preguntándole: ¿padre, no ves que ardo?

 
(de Refracción)


 
*


leyenda li po

 
intenta asir el reflejo
de la luna en el agua:
morirá ahogado.
cosas que ocurren
cuando no hay lugar
para la metáfora.
(por qué Eco favorece
al enamorado de sí mismo?)
 

*Leyendas diferentes de dos muertes: las del poeta li po y la de narciso

 
(de Refracción)


 
*


La hendidura

 
Algo en la alternancia
entre los colores de la tinta
y la hendidura certera
de la pluma sobre el papel,
lo blanco. Sea la pluma,
el canto o la voz, como el eco
que vuelve con el viento,
y sea esta luz también
que alumbra las aperturas
del mundo, aún en la noche,
el estilo o estilete que rasga
el blanco de la hoja.

 
(de Lo atenuado)


 
*

 
Destiempos

 
Llego pronto a tu antes,
palpo los nunca de tu respiración agitada.
Cuando callás, algo silencia más allá de vos,
y cuando cerramos los ojos,
todo duerme en algún lugar.
Esto está hecho de gestos desesperados,
de destiempos, no tiene sujeción:
donde vos calculás, yo me deshago,
donde vos te mostrás, yo me desarmo.
Sos la regla que confirma la excepción,
lo espectral. Vivo en un no instante,
entre el ya no de tu partida y el aún no
de quien serás.


(de Lo atenuado)


 
*


Silesius
 

No indagues la naturaleza del vínculo
que como la rosa de Silesius
florece sin porqué,
una pregunta puede permanecer abierta
para evitar la clausura del sentido,
el misterio entonces
aguarda en los signos,
está en ‘lo abierto’,
en el campo de ‘la percepción pura’
(8ª Elegía de Rilke),
‘florece porque florece’,
toca la penumbra del Medioevo
y las visiones de las místicas.
El sentido: eso ‘tapona’, dijo Lacan
pero quien pierde su verdad
aún conserva la chance de hallar algo.
El perfume se creó para tapar
el olor de los cadáveres,
la palabra ‘humo’ está contenida
en su etimología (del latín per, ‘por’
y ‘fumare’, ‘a través del humo’),
lo cinerario es la base de lo que huele bien.
Escribe Silesius que la rosa
no es consciente de su belleza
ni se pregunta si alguien la mira.
Y todo un caudal de mundo
se despliega allí
sin explicaciones.
 

(de Chanson Babel)

 
Entrevista realizada a través del correo electrónico: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Javier Galarza y Rolando Revagliatti, junio 2017.
www.revagliatti.com
 
 
 

María Auxiliadora Álvarez:
“Con Piedra en :U: he querido representar el riesgo
de la inmanente inutilidad del lenguaje”

Martina Zuccaro


Dialogamos con María Auxiliadora Álvarez (Caracas, 1956), una de la voces más destacadas de la poesía hispanoamericana actual, a propósito de su libro Piedra en :U: (Candaya, 2016). Álvarez nos habla de su concepción del mundo, del lenguaje, de éxodos y exilios, del silencio como universo poético, además de Borges, Sor Juana Inés de la Cruz, Lacan y Foucault. La autora venezolana reside desde hace veinte años en Estados Unidos, es profesora en la Miami University (Oxford, Ohio) y ha escrito obras como: Cuerpo (1985), Ca(z)a (1990), Pompeya (2003) y Las regiones del frío (2007). Once de sus principales poemarios están reunidos en la antología Las nadas y las noches (2009).