No. 109 / Mayo 2018

Criticón


Contemporáneas: Sara Uribe y Yolanda Segura


Mariela Castañeda
 
 
Multiplicada en los propicios ecos
que afuera afrontan otros vivos huecos
de semejantes bocas
Jorge Cuesta, Canto a un dios mineral
 
Enunciar

El cuestionamiento de lo autoral en la poesía contemporánea activa nuevos mecanismos de lectura. La noción del “yo lírico” se diluye, desde hace tiempo ya, en una serie de cuestionamientos que plantea la discusión no desde un yo que dice, si no un yo que enuncia, que habla desde un posicionamiento que no busca ocultarse, sino hacerse evidente, un lugar que busca una voz.
 
Esta clave de lectura ilumina coincidencias y distancias entre los poemarios Antígona González, de Sara Uribe (Querétaro, 1978), y O reguero de hormigas, de Yolanda Segura (Querétaro, 1989). Ambas obras parten de preguntas relacionadas con la manera en que construimos significados, por un lado, O reguero: ¿qué es esto rojo que te asciende por el cuerpo? Por otro lado, Antígona, al citar a Cristina Rivera: ¿De qué se apropia el que se apropia? Ambas preguntas colocan al lector en el terreno de la indagación, no sobre lo simbólico, sino lo evocativo. Preguntarse qué es lo rojo en el cuerpo, implica abrir una caja de pandora, alejarse de lo enteramente referencial de la significación para detonar múltiples resonancias semánticas. Segura plantea mediante el color un eje asociativo, lo rojo será aquello que acompañe a la experiencia y deje su marca en el cuerpo, en la memoria, y en el texto, finalmente. Uribe, por su parte, busca evidenciar el procedimiento de armado bajo el cual el poemario funciona: la apropiación, intervención y reescritura.
 
Ahora bien, estos mecanismos evocativos no se agotan en un simple relato de lo subjetivo. Se enuncia apelando a lo que se agita en lo subjetivo, pero que atañe también a lo social. En este sentido, los poemarios abrevan de múltiples textos —noticias halladas en internet, poemas, obras dramáticas, definiciones, diagnósticos— que articulan en un ejercicio de reapropiación: un armado que muestra esa diversidad intertextual como constituyentes, piezas de un sistema mayor que habla de la experiencia desde el cuerpo en lo privado y lo político. Segura muestra cómo los límites entre este par de ámbitos son endebles y vienen a yuxtaponerse en el lenguaje.
 
la palabra deriva del ruso rŭsseŭs:
(rojo subido) relacionado con
ruber:
(rojo) del protoindoeuropeo
*reudh (rojo).
 
 
es el único color
para cuyo nombre
se ha hallado
una raíz
protoindoeuropea
común
En el poemario de Uribe será Antígona, no solo como personaje mítico, sino como lugar de enunciación, el punto de cuestionamiento: ¿Quién es Antígona dentro de esta escena y qué vamos a hacer con sus palabras? A lo largo de la obra, la pregunta parece dispararse: ¿qué haremos con las palabras?, ¿cómo problematizar, cómo hablar de lo que ocurre? Finalmente, ¿cómo enunciar la ausencia?:
 
Pero ni rastro de fiera ni de perros que te hubieran
arrastrado para destrozarte. Donde antes tú ahora el
vacío. Nadie llamó para pedir rescate o amedrentarnos.
Nadie dijo una sola palabra: como si quisieran
deshacerte aún más en el silencio.
Antígona establece un diálogo con su hermano desaparecido: le habla a Tadeo, no solo para contar su historia, sino para tejer un lazo —mediante el recuerdo, el duelo—, con el ausente. Desde el discurso busca hacer visible eso que no puede traerse a la carne. Las palabras no solo denuncian, sino que conjuran. Buscan la coincidencia en el lugar de enunciación de la presencia y la ausencia: Tadeo y Antígona, hermanos:
 
Como el sueño, eras lo que desaparece, y eras también
todos esos lugares vacíos que no desaparecen.
 
 
Situar
 
Este lugar desde donde enunciar, limítrofe entre ausencia y presencia, resulta también fundamental en la lectura de Antígona. La enunciación implica un discurso, un lugar y momento desde el cual se habla, una voluntad de hacer visible la circunstancia: las palabras son discurso, no arrebato lírico que busca solo “nombrar” el mundo, sino dialogar con él, dar cuenta de todo aquello que afecta al sujeto, y, por ende, al lenguaje. Hablar, escribir desde la consciencia del sitio:
 
Acá, Tadeo, se nos han ido acabando
las certezas. Día a día se nos resbalaron sin que
pudiéramos retenerlas.
 
[…]
 
: ¿Es posible entender ese extraño lugar entre la vida
y la muerte, ese hablar precisamente desde el límite?
: una habitante de la frontera
: ese extraño lugar
: ella está muerta pero habla
: ella no tiene lugar pero reclama uno desde el discurso
: ¿Quieres decir que va a seguir aquí sola, hablando
en voz alta, muerta, hablando a viva voz para que
todos la oigamos?
Se habla desde un “acá” que no está situado referencialmente, que evoca un estado constante, un lugar que, a fuerza de angustia, se ha instaurado. Más allá de la noción abstracta de lenguaje, el reclamo se proclama desde el discurso, lenguaje en contexto, que persevera incluso más allá de la muerte, del silencio.
 
El lugar desde el cual se enuncia en O reguero es el propio cuerpo, espacio donde presente y memoria dialogan y negocian con los significados:
 
la nana quiere quitarte el susto. la nada
quiere que te recuperes en el sitio del
espanto. quiere curarte.
 
te coloca de pie en el centro del hormiguero
y deja que lo rojo te ascienda.
te conecta para siempre con el miedo.
no vuelves. no puedes volver.
tus piernas están llenas de hormigas.
quiere curarte.
Esta evocación desde el límite, el sitio del espanto, es un hablar desde la descolocación, dando cuenta del armado de la incertidumbre; ese borde en fricción dolorosa entre el mundo y la experiencia. ¿Cómo dar un sentido, desde la duda, a la experiencia de quien busca enunciar en este mundo?
 
hormiga, pesado sitio donde la sangre
encuentra a cada hora una misma
extensión sin haber encontrado su
lugar, no es tiempo aún de convertir
la sangre en piedra de memoria,
tampoco podemos morir entre su
sangre, hormigas, fragmentos de
panteones no disueltos. entre los
laberintos de su sangre, hebra de
sangre desolada:
 
otra
gota
de sangre
Quien enuncia no lo hace desde la certeza del nombrar, se acerca al mundo observando sus fisuras, su falta de sentido, o, mejor dicho, de un solo sentido. De ahí que el poemario parta de una pregunta a la vez que de la imagen de un trayecto: hormigas que van y regresan. Este recorrido es exploratorio, no hay un mapa determinado, así como el poemario no ofrece un manual de lectura: está hecho como un oficio de tientos, el lector va develando las múltiples capas de sentido de lo rojo, en su trayecto a volverse, como las hormigas, negro. O reguero de hormigas muestra la inestabilidad, la mutabilidad del signo y el abrigo que esto ofrece a la enunciación. Valga la imagen de la hilera de hormigas: una reiteración de la misma figura, pero en desplazamiento. Una hilera de hormigas que desborda y es cortada por el filo de la página, solo para mostrar que incluso en su finitud, en sus limitaciones, el lenguaje da cuenta de ese desborde, mediante la acumulación y el desdoble de sentidos. Salir de la grieta para regresar a ella en un ejercicio de indagación: buscar los indicios de la experiencia en el discurso, su marca roja.
 
 
Armar
 
Bajo la premisa del armado, ambos poemarios bifurcan. Podría pensarse que, a diferencia de Antígona González, la obra de Segura se aleja del elemento narrativo o consecutivo que en el poemario de Uribe puede rastrearse más claramente. Las piezas que componen O reguero de hormigas configuran un todo por completo fragmentario, quizás solo exceptuando el texto inaugural y el de cierre, que, a ambos lados de la madeja, plantean una ida y un regreso:
 
.una hilera de hormigas rojas sale de una grieta
 
[…]
 
una hilera de hormigas negras se pierde en una grieta.
Sin embargo, es necesario matizar la anterior lectura, lo cual nos lleva a encontrar el punto de encuentro con Antígona. Pese a que los fragmentos del poemario de Segura puedan abordarse siguiendo múltiples combinatorias, el armado que se propone desde la linealidad del objeto, del libro en sí, configura una lectura que gana sentido siguiendo su orden como tal, lo cual aleja a los poemas de configurar una serie —en el sentido más mecánico del término— y sugiere más un sistema de significaciones articuladas. El sentido de lo rojo va profundizándose, se torna un núcleo magnético que, conforme avanza el poemario, va atrayendo memorias, reflexiones, enunciados siempre desde una lucidez lírica.
 
Por su parte, los núcleos magnetizados en la obra de Uribe parten de la reapropiación y la reescritura de la Antígona, y friccionan con la noción de ausencia, de violencia, de desaparición. Al tiempo, la indagación sobre el proceso formal, me parece, constituye un núcleo que subrepticiamente se desplaza a lo largo del poemario, como desestabilizador de la lectura. Me explico, a lo largo de la obra uno no pierde de vista que no se trata de un ejercicio para estetizar un testimonio ficcional, lo cual resultaría una apropiación de un discurso de otredad que solo se quedaría en la empatía simbólica, sino de enunciar la situación bajo la que vivimos como sociedad. Las ausencias, consecuencia del estado constante de violencia en nuestro país es ya un elemento constitutivo de nuestro cotidiano:
 
Somos lo que deshabita desde la memoria. Tropel.
Estampida. Inmersión. Diáspora. Un agujero en el
bolsillo. Un fantasma que se niega a abandonarte.
Nosotros somos esa invasión. Un cuerpo hecho de
murmullos. Un cuerpo que no aparece, que nadie
quiere nombrar.
Aquí todos somos limbo.
Indagar sobre el armado es también una estrategia: frente a lo que desaparece, lo que rescatamos y rearticulamos en el texto, en la crítica. Al tiempo, dejar espacio para el pensamiento y la reflexión, dejar inconclusa la lectura, no dar certezas, sino llenar de preguntas hacia la realidad y la manera en que la interiorizamos.
 
Las palabras se desgastan y diluyen. Desde la escritura, Uribe y Segura plantean modos de negociar con esa erosión, en su obra se parte del cuestionamiento del significado, sus formas de constitución y su inevitable mutabilidad, para llegar al discurso, un lugar de enunciación, colocado en la fricción perenne, en el límite entre la presencia y la ausencia del otro. Una escritura planteada desde la incomodidad, la incertidumbre, el dolor, nos obliga a leer desde esos mismos enclaves. En este sentido, articulo el epígrafe que elegí de Cuesta: leamos las ausencias que reverberan en nuestros vivos huecos descubriendo la semejanza de las bocas.