No. 105 / Diciembre 2017 - Enero 2018


Poesía y política
 

Henry V o el poder paradojal
de un discurso bien dicho


Jorge Aulicino

 

En la madrugada del 24 al 25 de diciembre del primer año de la era cristiana nació la fe. Pero también uno de los más temibles polemistas de la historia secular y de la historia sagrada.

Jesús de Nazaret vino al mundo en medio de señales sobrenaturales, y precedido por palabras. De ambas hizo uso. Se sabía que había llegado para esto aun antes de que hablara. En Lucas se lee que Simeón, quien esperaba ver al Salvador para morir, profetiza ante María: “Éste ha nacido para caída y para levantamiento de muchos en Israel y será signo de contradicción. A ti misma una espada te traspasará el alma.”

La dual función de Cristo (polemista y fundador de una virtud hasta entonces desconocida, la fe) es puesta de relieve a todo lo largo de la versión de Lucas. Cristo derriba uno por uno los temores y los reparos de quienes acuden a él, realiza un milagro tras otro, pero al mismo tiempo desequilibra los argumentos vulgares, desmorona la baja filosofía, instaura la paradoja. Avanza por dos vías. Ha de haber sido difícil enfrentarse con alguien así. Y Lucas lo enfatiza: “¿Pensáis que he venido a dar paz en la tierra? ¡Os digo que no, sino a causar división!” 

Lucas parece consciente de que un texto no resulta convincente si solo narra milagros. De allí, tal vez, la apelación a sus fuentes en el inicio del relato (dedicatoria a Teófilo). Pero como esto podría resultar insuficiente, el Evangelio de Lucas crea un Jesús cuyas palabras obran milagros en el lector.

Habrá quizá en cada ser humano un punto de inflexión en el que la resistencia ante lo maravilloso cede. Este momento sería totalmente arbitrario y personal. Un personaje de Charles Dickens decide que está ante un fantasma, y no ante el producto de la mala digestión de un pedazo de carne, cuando el espectro se quita un pañuelo del cuello y deja caer su mandíbula. Pablo se convierte cuando un resplandor lo ciega y oye una voz en el camino a Damasco: había escuchado antes cientos de palabras sobre el Hijo del Hombre y lo había combatido. No habría que descartar el poder transformador del discurso.

Escribí alguna vez en la revista Ñ, de Buenos Aires, que el inesperado triunfo de los arqueros ingleses en la batalla de Agincour en el otoño boreal de 1415 se debió a un discurso. Shakespeare debió pensar que era esa la única explicación de que seis mil agotados arqueros vencieran a 20.000 soldados de caballería pesada e infantería de Francia. Le hace decir entonces a Enrique V un discurso que será memorable. Para lo cual introdujo en la historia real la posibilidad de que un rey más bien frívolo pero asimismo corto de palabras tuviera la capacidad de elaborar una idea y formularla, de modo de producir un hecho contrario al que anunciaba. Puso en la historia la pieza que faltaba. Y Enrique V vaticinó en su discurso que la mayor parte de su ejército moriría al día siguiente, pero que si luchaba con heroísmo aquellos que sobrevivieran podrían decir con orgullo que había estado allí, en la batalla que bautizó en ese mismo momento como la del día de San Crispín. A tal punto encendió la pasión de sus soldados, que los ingleses causaron la baja de la mitad del ejército francés y solo perdieron unos 300 hombres, entre ellos los niños que servían como ayudantes y que fueron miserablemente muertos por la espalda en la retaguardia. Enrique (el de Shakespare) ignoraba que había ganado (es decir, que se había producido el milagro) cuando se acercó a él un mensajero francés para anunciarle: “El día es vuestro”, fórmula clásica con la que se decía el triunfo.

Shakespeare, muy probablemente, es el causante del milagro en la obra: ignoramos si Enrique habló de esa manera. Solo sabemos que la batalla fue ganada y los ingleses, que en realidad se retiraban, pudieron embarcar en Calais, pero en otras condiciones: con prisioneros franceses.

Si la propaganda pudo aprender mucho del recurso argumental de Enrique, la literatura tal vez pueda hacerlo asimismo. Se trata de comprender, primero, el modo en que un mundo distinto plantea la necesidad de otro “milagro de pensamiento”. Las batallas no solo no son convenientes, medidas con el poder de destrucción que acumuló la humanidad, sino que pueden ser vueltas contra sí mismas. No son ya profetas los estadistas, ni hombres de fe, siquiera. Las guerras se planean en mesas de arena tecnológicas, pantallas en las que la inteligencia obra en silencio, y oculta. Y sin nombre, excepto en archivos clasificados. Si la poesía de la literatura en general puede tener algún papel en ese mundo, ha de ser a través de una voz racional-irracional que reelabore el discurso heroico.

Aun cuando lo haga, es probable que el fracaso la acompañe, y solo nos quede un día de San Crispín para recordar. El día en que vimos el fabuloso hundimiento de la humanidad.